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lunes, 6 de marzo de 2023

ANUDADOS EN LA SOLEDAD

En la soledad de este tiempo perdido no veo horizonte ni las puertas de la casa ni las ventanas ni el techo de la habitación ni los extremos de algún mueble. En la soledad de este tiempo no veo ni las miradas. Solo me anudo a la tuya. La única mirada de los únicos ojos.

En la soledad de este tiempo perdido solo te veo a vos encima de mí, cabalgándome desde el pecho, apretando de tanto en tanto mi diafragma para que siga tu ritmo y tu rumbo de amazona desbocada, que recorre estas horas desvencijadas como vencejo que reparte vuelo y primavera.

En mi soledad y en la de todos los hombres, siempre hay una mujer que anuncia los nuevos días. Pero ninguno será como el tuyo. Ninguno será tan armoniosamente inquieto como los movimientos de tu cuello y los gestos de tu cara, mientras cabalgas y diriges la mirada hacia un lado y otro, hacia arriba y hacia abajo, como quien reparte auroras.

En mi soledad de este tiempo vencido solo hay espacio para mirarte desde abajo, como quien enaltece lo desconocido, para tomarte de la cintura y levantarte tanto como pueda, sentir tu cuerpo poderoso, para luego dejarte caer sobre mí, con todo el peso de un futuro al que quiero abrazarme.

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Imagen de autor desconocido tomada de la Red

viernes, 12 de marzo de 2021

EL FARO INEFABLE

 

La imaginación también hace al momento. O el momento dispara la imaginación. A veces ella sola lo explica todo por sí misma. Otras veces justifica lo que no se ve. Pero siempre nos viste como de fiesta. Porque la imaginación es como un faro invisible que ilumina las horas anodinas. Horas que parecen que se pierden pero que en el último momento se salvan. La causa y culpabilidad es solo de la imaginación. Que no respeta nada ni a nadie y siempre se impone como faro inefable difícil de entender. Pero ahí está.




















Foto de Fred Herzog

 



miércoles, 1 de abril de 2020

SOLO NOS MANTIENE LA PROEZA DE ENCONTRAR UN NUEVO FUEGO


Nuestra realidad hoy, no la determinan los gobiernos ni el poder económico ni las ideologías ni las burocracias de las instituciones, aunque pensemos que algo de eso está ocurriendo. Nuestra realidad hoy la impone y conduce la incertidumbre.
No somos nosotros los que fabricamos nuestra realidad en interacción con el entorno social y natural. Hacemos un esfuerzo supremo por crear una realidad y ser coherentes y consecuentes con ella. Y aunque pensemos que lo conseguimos, solo hemos logrado ser disciplinados en el silencio y el aislamiento. Nuestra realidad es el vacío.
Se nos ha dicho que llamarnos a la quietud y el aislamiento es la solución a la emergencia y el único camino que nos llevará al futuro. ¿Cuál futuro? Para eso todavía no hay respuesta. Porque quienes planificaron y dirigieron nuestro futuro, en la aceleración sin sentido de una revolución tecnológica sin valores ni condición ética, no saben hoy qué harán ellos mismos consigo mismo.
El poder de siempre se ha quedado desnudo. Ha mostrado sus grietas, sus inseguridades y no da señales de poner sobre la humanidad una receta magistral, determinante y absoluta – como ha sido su costumbre – para  que la sociedad entera se encolumne y camine convencida hacia una normalidad. ¿Cuál normalidad? ¿La misma que nos ha llevado a este vacío? No lo saben. No por desidia en pensarlo ni por estrategias ocultas de reafirmación de su propio poder. No es por eso, es porque no saben qué sucederá con ellos mismos.
Se nos ha dicho y nosotros repetimos disciplinadamente que estamos en guerra. Pero no se nos ha dicho contra quién. Y los que intentaron descubrirlo se encontraron con el vacío. Una guerra – tal como las hemos conocido – necesita un enemigo. Ese enemigo puede ser un Estado, una sociedad en particular, un grupo tribal, una asociación de malos como en los comic, pero en todos estos casos hay un factor humano. Y cuando hay factor humano, entonces hay violencia. Una violencia que aumenta hasta que un día reaparece el factor sensible, empático, solidario, lo mejor de la condición humana y entonces se acaba la guerra.
Pero en esto que vivimos hoy, que definen desde el poder como “guerra”, nunca hemos visto al enemigo, jamás tuvimos noticias de un ejército, abandonamos el campo, la ciudad y todos los sitios posibles para una batalla. Y nos aislamos. La orden es que no haya ejército, que no nos juntemos, no nos toquemos, no nos abracemos, no hagamos nada de lo que siempre hacíamos. En esta “guerra” no hay soldados que se abracen antes del combate y celebren la victoria o se consuelen tras la derrota. La estrategia es el silencio y el vacío. El dolor se conoce a la distancia y solo por noticias. Lo único que presentimos como real es la muerte.
En el silencio y el vacío del espacio, ante la absoluta falta de ideas y la  incertidumbre hecha realidad, se ha impuesto un paradigma. “Cuidarse a sí mismo y cuidar al otro es no verlo, no tocarlo, mantenerlo a distancia”. Se aplica la frase y el mensaje de “porque te quiero, te quiero lejos”. Un contrasentido para nuestra historia y memoria emotiva. Porque el mensaje, está reñido con lo que sabemos y conocemos de la condición humana.
Si supiéramos que el paradigma futuro será ese y no otro, entonces tomaríamos conciencia de la tragedia. Y a la incertidumbre actual le agregaríamos más incertidumbre, desazón, desamparo y soledad. El silencio y el vacío de hoy no sería una emergencia. Y esa es nuestra duda hoy.
Paradójicamente nuestra esperanza no es una certeza ni una quimera, es esa duda. Es tan potente la amenaza biológica, la emergencia social, científica y tecnológica y la ausencia de ideas, planes y estrategias,  que nos aferramos a la duda.
En esta supuesta  “guerra” sin armas es tan omnipresente la muerte inevitable, la muerte sin condiciones, la muerte sin lucha, la muerte como fatalidad que no sabemos cuándo nos tocará, que elegimos la duda como bandera para que no se nos apague lo último que nos queda: la capacidad de supervivencia.
Instalados en la duda, hacemos planes. Volvemos al pasado. En medio del silencio y el vacío buscamos afanosamente en el pasado, lo mejor de nosotros mismos, los mejores tiempos, la anécdota precisa, la historia concreta. No lo hacemos por nostalgia sino porque en la duda buscamos armas, ideas, elementos que nos permitan pensar en un futuro.
Planificamos cosas y enviamos mensajes de afectos, proponemos planes y esperamos desesperadamente las respuestas. Porque no hay guerra ni virus ni emergencia biológica planetaria que mate la condición básica del ser humano: su dependencia del otro. Lo grupal y compartido está en la esencia de la especie, como en casi todas. La naturaleza nos hizo así, aunque la irracionalidad aplicada en nombre de la razón, nos haya querido convencer de lo contrario.
En el silencio y el vacío, al que fuimos confinados en estos días de emergencia, nos hemos instalado en la duda para pensarnos como individuo, para imaginarnos como grupo y poder sostener una idea de futuro. Cada uno con sus armas y recursos está empeñado en esa tarea ahora mismo, aunque no se diga ni se note. Nadie confiesa sus miedos y mucho menos sus dudas.
En este aislamiento de ausencia absoluta, sin contornos reales e  imaginarios, solo acompañados por “lo que fue” e ignorantes de “lo que vendrá”, poco a poco - en la soledad de cada cual - vamos entendiendo el significado de la palabra Nada.
Aun así, seguimos frotando con las manos trozos de madera seca, raspando piedra contra piedra cada vez con más énfasis y rapidez, esperando que aparezca el rayo original, esperando que de tanto esmero, esfuerzo y persistencia, vuelva a salir el fuego, para mirarlo con asombro otra vez. Y al final, abrazarnos por la proeza.
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Aguafuerte, Aislamiento,  Cuarentena, Covid19, Soledad, Reflexión, Condición Humana, Vacío, Nada, Futuro, Pasado,



viernes, 31 de enero de 2020

¿CUÁNTOS AÑOS TENGO?


Me gustaría que fueran 20 y mejor todavía que fueran 30. Pero tampoco me quejo si son 15 y me apena pensar que son menos de 10. Dicen que Galileo Galilei explicó en cierta ocasión, que la verdadera edad es la que tenemos por delante y no los años transcurridos desde el nacimiento. Esos ya los gastamos. En la historia o cualquier otra ciencia social, la edad no es más que una cronología. Pero en la condición humana, la edad es un espacio atemporal de recuperación del pasado y construcción del futuro.
Suponer la edad por lo que nos queda por vivir, genera las tensiones de lo desconocido. Pero no tiene nostalgia ni melancolía. No hay tristezas por lo que no se va a recuperar. Pensar la edad según la probabilidad de futuro,  solo es posible en términos de quimera. Pueden llamarlos deseos también o esperanzas y si prefieran, calzarse la edad como una utopía. Pensar la edad así, obliga precisamente a pensar y luego cargarse de estrategias para apuntalar esas ideas que se van juntando con los días.
En cada aniversario del nacimiento, siempre hay una vocación de refundación. Y se venera la edad pasada como algo necesario para pensarse, definirse, criticarse, recomponerse y desafiarse. Cada aniversario lo vivimos como un nacimiento. En la cronología de las horas de ese día, se acumulan propuestas, deseos y buenas intenciones. Se festeja la lluvia de pensamientos generosos. Y al final, el cuerpo queda  vestido con ese traje transparente llamado ilusiones y la convicción de que algo bueno sucederá. Cada aniversario es un acto de fe consigo mismo.  
La edad del documento es otra cosa. Los años vividos ya sé que no los tengo. No se han ido. Solo han pasado y cada uno de esos años está en algún lugar de la memoria y se turnan generosos para llamarme de vez en cuando y decirme que están ahí y tienen cosas que contarme. Porque los años pasado siempre tienen cosas nuevas que contar.  Mientras pensamos que ya no tenemos más conclusiones, ellos saltan de algún estante de la memoria, corren apresurados, se colocan frente a mí y me muestran una leyenda: “Hay más”.
Muchas veces dudo al atenderlos, desconfío o más bien me siento temeroso. Ya saben… Los recuerdos son esas armas de doble filo con las que te puedes cortar si no eres precavido y los usas con cuidado. Porque los recuerdos – en última instancia  - no son otra cosa más que un viaje al interior de uno mismo. Y no siempre o cualquier día estamos preparado para hacerlo. Pero en los aniversarios del nacimiento, uno siempre está más dispuesto a las osadías. Aceptar el reto de la memoria, es una de ellas. Pero como toda osadía, la decisión tiene esa carga de audacia, deseo, inconsciencia y cautela temerosa por lo que pueda suceder. Todo bien mezclado para que las sensaciones no se puedan diferenciar.
Cada aniversario de la apertura a la vida, los años pasados querrán decir sus cosas. Es natural. Pero en el vocerío de hoy, mientras los años dejan, sobre la mesa donde escribo, cientos de historias, solo quiero decir algo: “Estoy feliz de cumplir años”. Porque es importante saber cuál es mi sentencia, la que he elegido para este día, entonces empezar así, el recorrido sobre esos años pasados y las conclusiones que dejan sobre la mesa.
Estoy feliz de haber llegado hasta aquí, haber hecho el recorrido que hice, de no haber renegado nunca de mis ideales, de tener el entusiasmo intacto como el primer día y que las derrotas no me hayan sumido en la melancolía.
Soy hombre de quimeras, pero no me gusta ni quiero perderme en ellas. No soy persona que se deje llevar a las nubes por las ilusiones. Mi decisión siempre es estar afirmado, bien sostenido en el suelo que piso, a donde pertenezco, y preparado para dar el salto.
Hago esfuerzos por mantener intacta la confianza en mi persona. Aunque no siempre lo logro. Solo eso. Trato de reconciliarme en todo momento con mis pares. No me refiero a los que piensan igual que yo. Me refiero a las personas con las que disiento, pero llevamos el mismo objetivo como horizonte.
Imaginé y puse mi esfuerzo por construir un mundo mejor del que tenemos. Pero no soy necio y puedo reconocer que, en el que vivimos, tiene infinidad de progresos respecto del pasado. No creo en el nihilismo que todo lo achata. Es falso que nuestro mundo es peor que el de hace 50 años o un siglo. Nuestro mundo hoy nos parece insuficiente y limitado, sencillamente porque hemos crecido y no nos conformamos con lo conseguido. Pienso en el conjunto de la vida como un hecho social. Pienso en el hombre en su constante afán de superación. Cuatro imbéciles con ambiciones de poder (aun ejerciéndolo) no son nada, comparado con el irrefrenable camino de la humanidad hacia un mundo más simple, más generoso, más solidario, más sustentable y amigable con la condición humana.
En todas esas luchas del progreso humano he tratado de estar. También estuvo en muchas de las derrotas. Pero cualquiera que sea el balance, quiero decir que me siento feliz de haber estado, de haber participado.
Ahora, con algo de distancia sobre los acontecimientos importantes de mi vida, solo pienso en una cosa. El sol mañana aparecerá despacio en el horizonte del río y me hará la misma pregunta: ¿Cuáles son tus desafíos de hoy?
En nombre de los amores que tengo y para corresponder al alma inquieta que llevo dentro, estoy obligado a responder: “HOY ESTARÉ UN POCO MÁS ALLÁ DE LAS ESPERANZAS”.
Será así, mientras “Mi Entusiasmo” esté dispuesto a ser de la partida.
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Foto: sarmiento.cms /el jinete imaginario


jueves, 17 de octubre de 2019

QUÉ CULTURA ES ESA CULTURA


El sistema produce una cultura. Y nosotros estamos dentro de esa cultura. Hay quienes  piensan, sienten, que es la única posible. Asocian la idea de paz, felicidad y bienestar a esa cultura. Otros,  la  interrogan, la cuestionan, ponen  en duda sus valores, crean sistemas alternativos, se rebelan.   Pero qué cultura es esa cultura.
Mientras cada uno  disfruta o se rebela, el sistema sigue produciendo cultura. “Su Cultura”. Una cultura  que se origina en las usinas propias del poder y no en el corazón de la gente que la  vive,  sobre la que influye, la determina, la  condiciona y le  marca rumbos. Miles de medios informativos, de entretenimiento, sistemas de esparcimiento, la difunden como valores. Unos valores con apariencia de universales, establecidos, inamovibles, ancentrales y originales. Todo es aparente. Pero la generación de esa cultura y su divulgación,  deja la sensación de “Real”. Se repiten los mensajes, llamados y convocatorias hasta que la gente  cree que esa cultura es “Su Cultura”, la única cultura.
Esa cultura también es “Su Cultura” para quienes se  oponen, quienes cuestionan,  quienes la interrogan y se rebelan. Cientos de formas alternativas son usadas a diario para expresar el malestar, los reclamos y los ensayos de posibles, probables e improbables cambios. Hay expresiones de revoluciones profundas. Pero son solo expresiones que no cuajan en los hechos. Son expresiones que quedan como símbolos, íconos o mojones del momento en que se expresan. Son sellos de su tiempo. Son definiciones generacionales. Son huellas sociales de la diversidad. Son marcas de resistencia.
Muchas de esas propuestas, reclamos y ensayos terminan siendo tragados en el tiempo. El sistema cultural tiene su casillero de “Anonimato”. Algunas pocas ideas terminan incorporados al  corpus  de la cultura que produce el sistema. Así, se crea la aparente ilusión de que la cultura del sistema ha sido modificada. Entonces los oponentes del sistema sienten que  han logrado una victoria. Pequeña, pero victoria al fin. Y en cierto modo, se crea alguna empatía entre el sistema, “Su Cultura”  y la crítica.
Desde hace algunos siglos vivimos bajo el paradigma del  “Consumo” y la “Mercancía” como ícono central del pensamiento. Todo se vende, sobre todo las ideas. Quiero pensar que el acto de vender  surgió de  un pensamiento solidario por satisfacer la necesidad del otro. Pero no puedo desconocer que la venta generó una ganancia, que dejó en el vendedor una gran satisfacción. Podría tener otras cosas, que solo tenían lugar en la imaginación y el deseo. Las tres sensaciones (satisfacción, imaginación y deseo) suelen ser un narcótico sutil, que las mentes pequeñas traducen como avaricia. No importa si es emocional, sentimental o material. El asunto es que es avaricia. Deseo de poseer y acumular. Ambas cosas son obligatorias para los interesados en tener más de lo que necesitan o tener lo que no necesitan, pero lo tienen ellos y no los demás. El pensamiento así expresado, es casi la definición previa de un robo.  
En la vida cotidiana, todos sabemos que donde hay cosas que se venden, también hay cosas que se roban. La venta y el robo son consustanciales, se complementan y cuando existe una, obligatoriamente existe el otro. En ese mundo, las ideas y el pensamiento son las primeras víctimas, aunque no haya tiendas de ideas o escaparates de pensamientos ni vengan en colores,  clasificados por tallas. Las ideas son como las bacterias. Es el germen de otras cosas que veremos en el tiempo. Por eso se roban. Porque es una “bacteria” que lleva en  su interior alguna clave del futuro.  Y futuro es la gran quimera humana, al tiempo que genera desesperación por predecirlo, fabricarlo, moldearlo, determinarlo y hasta vivirlo antes que suceda. Todos se dirigen animados hacia algún futuro, pero en la desesperación por llegar o en la espera, obligan al futuro a hacerse presente. Y en ese momento lo asesinan. Así es como se produce el robo de ideas. A esas “bacterias” se las roba para matarles el gen de futuro que llevan dentro. Las ideas son “bacterias” extremadamente frágiles, fáciles de combinar o de contaminar. Por ese atributo,  el sistema que produce cultura, la prostituye y la convierte en una mercancía que se puede consumir. Esa idea (esa “bacteria”) ya no tiene el gen de futuro. Es una mercancía, es un fósil, que se puede consumir. Así se consuma el robo. Un robo que luego se vende.
La gente sencilla y corriente también produce cultura. En sus casas,  las calles,  los pueblos, las ciudades, en el campo y en los lugares más remotos de la geografía. Pero esa cultura no se ve. El conjunto del cuerpo cultural que la gente produce en forma anónima,  desinteresada y por la dinámica propia de la vida y sus necesidades primarias, nunca lo vemos. En  forma fragmentada aparece en el aparato ideológico de divulgación que tiene armado el sistema. Nuestra percepción sobre esa cultura es atomizada. No disponemos de medios materiales para verla. Carecemos de un criterio para valorarla. La cultura popular solo se mantiene en pequeñas comunidades, que tienen la firma convicción sobre sí mismo y sus valores. Es casi una condición de resistencia para no ser arrasados. Sus valores están siempre en pugna con la cultura del sistema y en no pocas ocasiones son vencidos.

El “Uso” y el “Abuso” son atributos de la “Mercancía” y condición necesaria para el que produce bienes y necesita como el agua,   sostener la idea central del “Consumo” como causa que unifica los deseos, voluntades y posibilidades de la gente. Esos dos aspectos trabajan silenciosamente en el interior del sistema cultural. Van creciendo en la misma medida que crecen las personas. A  más edad, más “Uso” y “Abuso”. En el mundo gentil y vaporoso, a los dos conceptos se les cambia el nombre y se los menciona como “Necesidad”.  Todos sabemos que las tres palabras son cosas distintas. Pero el sistema las ha homologado como sinónimos. Una mentira. Se dirá que es inocente, solo con  la intención de acotar las expresiones. Otra mentira. Y si seguimos, hay un montón de términos que en el sistema cultural del sistema, han cambiado de significado.  
Así, construir el edificio de la cultura  ha sido más fácil, porque se  han usado atajos y se han confundido o tergiversado los valores que dice tener, fomentar o sustentar. Entonces “Ser” y “Tener” han terminado siendo sinónimos. Todos sabemos que no lo son. Cuando escribimos,  leemos o analizamos los hechos y la vida de los  otros, aplicamos las distinciones de los términos. Pero en la vida personal no. Porque si elegimos y admitimos  que los términos son sinónimos,  entonces nos ahorramos el debate personal, interior,  reflexivo sobre quienes somos. Y las dudas las resolvemos en las tiendas o en los mercados o en los bancos. Mientras tanto el “Uso” y el “Abuso” van creciendo con nosotros. Y como nos sienta bien lo de los sinónimos, entonces preferimos llamarlo “Necesidad”. Pero si se trata de otro, entonces no hay sinónimo que valga. Es un “Uso” y “Abuso” en toda regla. Es decir, la cultura que produce el  sistema nos ha regalado otra de sus premisas básicas: el doble lenguaje,   el doble razonamiento, el doble pensamiento, el doble rasero, el doble sistema de valores.
La dicotomía, la doble faz, la doble versión, son consustanciales a la cultura que produce el sistema. Esa cultura no puede presentarse en su integridad. Necesita del eufemismo porque no puede confesar la verdad sobre los valores que defiende. No puede decir que los valores, los sentimientos, las emociones y los compromisos sociales y raíces de pertenencia, son “Mercancías” puestas en circulación para que la gente consuma. El sistema funciona con sinonimias,  eufemismo y metáforas. No puede ser concreto.  No puede decir la verdad. Necesita mentir para sobrevivir. Pero tampoco puede decir que miente. Entonces usa términos como “metalenguaje” y “pos verdad”,  para no decir que miente.
El sistema cultural ha prostituido a la metáfora, uno de los principales argumentos de la poesía. La ha puesto en otra función. La ha disciplinado como una función comercial a través de la propaganda y publicidad. La ha despojado de su valor literario y disparador del pensamiento. Al mismo tiempo ha vulgarizado la poesía. Metáfora y Poesía son elementos cruciales para el crecimiento de la vida y el pensamiento. Es de lo mejor que ha producido la capacidad humana. Es  un producto diferencial entre  las especies. Pero se han cambiado los significados y con  ello se ha oscurecido y confundido la comprensión de los hechos.
Se llama “Sensaciones” a las respuestas mecánicas de la gente, ante las acciones de provocación  emocional que el sistema produce a diario, a través de  su aparato ideológico de comunicación y entretenimiento. Una mentira. Esas “Sensaciones” son reacciones involuntarias. Esas “Sensaciones” no tienen emoción ni sensibilidad. Son efectos  tras una inducción pervertida. Pero para  el  sistema cultural, cumple  la misma función que la “Metáfora” poética. Es la cuota necesaria de emotividad,  que permita esconder la mecánica sistemática de vida, cuya principal característica es ser anodina,  anónima, disciplinada y neutra. Lo que el sistema llama “Sensaciones”, son mentiras asignadas al comportamiento y la comprensión de la gente sobre tal o cual hecho o acontecimiento. El sistema cultural funciona como un sistema radial de hongos producidos por la humedad en una pared.
En este esquema perverso de reversión de ideas, palabras,  frases y razonamientos no es sencillo ser rebelde. No es fácil cuestionar la cultura del sistema y sostener, al mismo tiempo, un esquema de pensamiento que no esté afectado de doble discurso, de doble faz.  La coherencia y la honestidad intelectual no son atributos naturales del ser humano. No vienen en el ADN. Ambas cosas son una construcción personal y colectiva. Pero si el paradigma colectivo es el opuesto, entonces esa construcción se vuelve más difícil y – con frecuencia – oscila en reflujos de avances y retrocesos hasta alcanzar algún punto de solidez, desde donde se puede continuar. Algunos lo consiguen y siguen adelante, otros lo consiguen y plantan bandera definitiva y muchos otros abandonan.
Parecer rebelde es relativamente sencillo. Se trata  de usar un lenguaje opuesto y mantener usos y costumbres que desentonen del uniforme social establecido por el sistema cultural. Se trata de hacer o producir cosas que contradigan el sentido común, pero que no lo cuestionen en su tronco y raíz. Ya se sabe que toda afirmación necesita de una refutación para volver a afirmarse. Todavía no está claro si parecer rebelde es  una bendición, que ha recibido el sistema para garantizar su sobrevida,  o  un invento del propio sistema, como anticuerpo necesario para matar la verdadera crítica.
Es posible que un rebelde aparente haya tenido en su comienzo, una auténtica convicción de interpelar al sistema y de proponer un cambio de paradigma. Pero la tarea no es fácil ni bien empieza la andadura, por eso no es condenable el abandono. Lo patético y nocivo es convertirse en una caricatura irónica de la persona con convicciones, que interpela a la sociedad y su cultura desde el pensamiento y la honestidad. No es  posible interpelar a la sociedad y revertir su sistema cultural si se mantiene el paradigma de que “todo se vende”, “todo es asequible a través del consumo”, incluso la protesta. Si los paradigmas personales  siguen siendo el “Uso” y el “Abuso” de bienes materiales y emocionales, además del consumo y la venta de ideas, pensamientos y valores, entonces la crítica y los reclamos se hacen con las mismas armas que el sistema, entonces la tarea es estéril.  Cuando los actos, pensamiento y valores de  conducta son los mismos de esa cultura mediada entre  el poder, los medios de  comunicación y la sociedad, entonces  la crítica es vacía.
Nada cambiará, si en  lo personal seguimos siendo tributarios de la   cultura del sistema. Las acciones y la construcción de futuro no se definen por el  discurso o por el traje de escena, sino por el  sentido que se le imprima a los pequeños actos  de la vida cotidiana. El futuro se construye en cada minuto, en cada detalle. Y el resultado es la sumatoria de todos esos instantes. No puede haber un futuro diferente a lo que  han sido nuestros actos presentes. La coherencia temporal de las  ideas, es condición  necesaria e ineludible.
No  basta el traje ni el oficio. Porque escribir, pintar, cantar, enseñar, investigar, esculpir, aprender, hacer música, ser austero, observador de  las cosas simples y elementales de  la  vida diaria,  aplicarse en ellas,  aplicarlas al uso cotidiano, no son  cosas de  esta cultura. Eso es de siempre. En todo caso esta cultura y el sistema que la produce, se valen de esas artes, habilidades y comportamientos, para traicionar a través de esas técnicas, la  esencia de los valores elementales de  la condición humana.   Pero todas esas técnicas, artes y oficios son una herramientas invalorables en la construcción de  futuro. Son instrumentos que esperan ser usados para construir futuro. Una construcción que en perspectiva tenga al progreso, la solidaridad, la naturaleza, la conjunción y la vida como elementos claves complementarios,  necesarios y obligatorios.   
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Imagen: Grand Central Terminal. New York City. 1941

jueves, 18 de julio de 2019

ATRAVESADOS POR LA SENTENCIA


¿Cuándo empieza la vejez? ¿En qué momento una persona decide que es viejo? O mejor preguntemos así: ¿En qué momento una persona se descubre viejo y adopta para siempre el personaje de la vejez?
Tal vez no sea la persona misma quien decide esas cosas. Tal vez su entorno decide ponerle la etiqueta de “viejo”. No digo “la sociedad”. Porque es una categoría analítica que se usa para no descubrir al verdadero autor de las sanciones. “¡Es la sociedad!”, dice quien no tiene el valor de hacerse cargo de su propia sentencia, de sus propias definiciones.
Digo “entorno” y digo “etiqueta”, porque en el interior de esa biblioteca que tenemos dentro de nosotros, también usamos categoría. No son como las de Linneo, pero se le parecen. Las manías clasificatorias siempre tienen parentescos. Dicen que contribuyen al equilibrio emocional, nos ayudan a reconocer nuestro lugar en el mundo y no sé cuántas cosas más. Pero creo que se usan para mitigar  la falta de valor para moverse en escenarios mutantes, crecientes y transformadores. Pero al final todos, de una forma u otra, siempre echamos mano de alguna clasificación. Nuestra vanidad, por ejemplo, es adicta a las categorías. Y a nosotros nunca nos pone en el final.
Tengo la sospecha que a una persona  se le coloca el uniforme de viejo, cuando se pretende ocupar su lugar. Es un momento sin ceremonia, boatos ni abalorios. Pero hay complicidad entre las partes, para que la operación se lleve a cabo en silencio, sin alteraciones ni sospechas. En algún momento, no sé cuál, una persona admite sin resistencia el cartel de viejo. Y los repartidores de carteles que andan a su alrededor, inmediatamente lo apartan, lo colocan en esa nueva categoría y lo relevan al instante de cualquier rol o función que pueda tener.
El aislamiento forzado y la reclusión parcial a la que se somete a una persona, solo por llevar la etiqueta de viejo, se compensa con su inclusión en las categorías de bondad, generosidad, experiencia, entrega, desinterés y otras  cosas. El asunto, es mitigar el relevo en asuntos de autoridad intelectual y material, el paso al costado en las cuestiones personales y colectivas.
Ser viejo no convierte en buena a la persona ni la bondad es necesariamente complementaria de la vejez. Se puede ser lo opuesto también. Ninguna de estas afirmaciones es sustancial. Forman parte del  coloquio cotidiano de circunstancia, en el más inocente de los usos sociales.
Un viejo con autoridad, es siempre un viejo jodido. No es merecedor de esos galardones. En ese escenario, ser viejo no es un ascenso en la vida. El entorno les cuelga rápidamente la categoría de maldito. No hay piedad hasta que no abandone sus roles.
Ser viejo no es una edad. Es un estado de las cosas, en la lucha que tienen los humanos entre sí, para satisfacer su vanidad. Esa vanidad se traduce como satisfacción plena por el ejercicio del poder. El poder sobre los otros, sobre el entorno próximo y natural, compensa las  intrigas personales, las dudas  y la falta de definiciones. Alguna gente corriente  necesita viejos a su alrededor, porque es la única manera que tiene de saberse joven. Como si ambas cosas fueran consustanciales solo al tiempo biológico.
En el juego entre el que excluye y el que acepta ser excluido hay un vacío profundo sobre el sentido de la vida.
En los diccionarios, sobre todo en aquellos que remiten a las ideas afines a una  expresión, hay más de cien términos que remiten a “anciano” o “ancianidad”.  Cuando hay tantas formas tan diversas para nombrar algo o alguien, entonces es que no hay ni hubo consenso alguno, sobre cómo definir lo que se quiere definir. La lista de palabras indica que la vejez, se define según el punto de mira del que observa o tiene algún interés especial en la definición.
Porque a todo esto qué es la Vejez. ¿Es una edad  o un estado de ánimo? ¿Una región del tiempo humano o un espacio del pensamiento? ¿Un hábito social o un comportamiento personal ante los otros y consigo mismo? ¿Es  un abandono, una renuncia o una exclusión, una discriminación? ¿Es una decisión personal o un acuerdo colectivo de los que te quieren, pero que en realidad dicen que te quieren, porque en verdad no te quieren? ¿Es un nivel de las ideas o una decadencia del pensamiento?
Hay casos en los que a nadie se le ocurre anteponer la categoría social etaria antes de nombrarlo. Hay casos en los que la persona es por lo que hace, por lo que piensa, por lo que aporta. Las categorías de viejo, adulto mayor,  joven, adolescente, adulto, maduro y no sé cuántas más no son tenidas en cuenta. ¿Qué era el astrofísico y  cosmólogo Stephen William Hawking? Nunca nadie se preguntó si era joven o viejo. Murió con 76 años, pero para las sucesivas generaciones siempre tuvo la misma edad: la del pensamiento brillante. A Hawking nunca le pudieron colgar el cartel de viejo y apartarlo.
Para establecer la edad de una persona se usa el tiempo cronológico. Así es en el uso cotidiano moderno y urbano. Pero no todo el universo humano es urbano y bastantes menos son los considerados “modernos”,  según la definición de la sociedad de consumo.  Otra cosa es la edad administrativa a la que todo humano está condenado y que deciden los registros del Estado.
Hace algún tiempo (creo que en agosto de 1985) conocí una pareja de campesinos cerca de La Iruela, en la Sierra de Cazorla (Jaén, Andalucía).  Al momento del encuentro ambos estaban atareados en la trilla con una yunta de mulas, en un rellano del camino, justo en una pendiente que termina en el fondo del valle anterior al pueblo. La escena contrastaba con la modernidad de los autos que circulaban por el camino, cargado de turistas por esa época del año.
 Ambos conocían perfectamente los años que tenían los animales desde el momento en que los compraron. Eran relativamente pocos, comparados con su edad. La cronología la marcaba cada cosecha. ¿Pero cuál era la edad de ellos? No me pudieron responder con precisión. No se pusieron de acuerdo sobre la edad de ella. Él decía que tenía 52 y ella decía que eran 56. La respuesta estuvo acompañada por una sonrisa, como pidiendo perdón y complicidad. Sus festejos era la celebración del día en que decidieron vivir juntos. La edad era algo indefinida. No era su preocupación. El interés de ambos estaba centrado en su capacidad para la vida diaria. No eran ni viejos ni jóvenes. Ellos eran su día, su trabajo y su proyección. Todo lo demás era una cuestión de “papeleos” que “les metían”, cada vez que iban al Ayuntamiento o vendían sus productos agrícolas.                                                                                                                                                             
Es posible que la edad no deba definirse por la sucesión cronológica o por los adjetivos de joven, adulto y viejo. Al fin y al cabo, ninguna de esas definiciones tiene  un peso sustantivo. Son arbitrarias y se aplican según el sentido que le quiera dar a la palabra el que las usa. Pero en  estos tiempos, en ese caldo de opiniones y decires  donde se cuecen a fuego lento las ideas, pensamientos,  premios y castigos de la sociedad, el calificativo de viejo, como  el de joven, tiene un sentido claro que nadie quiere confesar.
Viejo es aquel que es necesario reemplazar, desplazar o apartar de las decisiones centrales del grupo humano de referencia.  Si acuerda ser desplazado, entonces recibirá los mejores calificativos que – en este caso – serán usados como galardones. Si no hay acuerdo, entonces debe saber el sancionado que será calificado de la peor forma.
Del mismo modo, ser joven no es una edad real. Es solo una forma de mencionar a todos aquellos que no están en condiciones de asumir roles de poder, mando y control sobre los demás. Si el juzgado lo admite, entonces será premiado con toda una serie de gratificaciones y enseñanzas pertinentes para ejercer el poder algún día. Si no admite el rol, entonces el calificativo será despectivo y solo servirá para remarcar sus incapacidades bajo el rótulo de “falta de experiencia”, en una clara  intención descalificadora.
Ninguna de estas categorías tiene que ver con la vida. Solo se refieren a los roles personales que cada uno pretende ejercer. El que manda y ordena es el adulto. El que obedece es el joven y al que se aparta y ocasionalmente se cuida, es el viejo.
Pero la vida es otra cosa. Para las ideas no hay edad, para el pensamiento no hay etapa. En ambos casos,  el equipaje esencial es la convicción y la decisión de enfrentar el universo  complejo de la vida humana, con sus certezas y contradicciones. Todo lo que suceda en el camino de ese individuo, será una consecuencia de sus fortalezas y una contingencia de su entorno. En esos embates, el tiempo no se traduce en una  sucesión numérica. La edad, como en los campesinos de La Iruela, solo se mide por el interés y capacidad de nuevos desafíos cada día. Hacerlo no convierte en joven a nadie y no hacerlo tampoco lo convierte en viejo.
La renuncia absoluta a todo no convierte en viejo a nadie. Simplemente es un ser humano que ha claudicado, alguien que decidió renunciar a los desafíos, quedó huérfano de futuro. Y para esas pérdidas o renuncias o claudicaciones, no hay edad cronológica ni administrativa ni calificativos sociales. Solo que a unos se les nota más que a otros.
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 Fotografía de Max Jack  (IG @mx.jack - fotógrafo y cineaste con base en Berlín)


jueves, 4 de julio de 2019

CRISIS


No es el país. Es el marco social, los grupos humanos, los intereses propios y ajenos.
¿Porque qué es el “País”?
Las decisiones.

No es la gente. Es la forma particular y  personal de relacionarse.
¿Porque qué es la “Gente”?
Es el anónimo reconocido y renombrado en su anonimato.

No son ellos. Es el nosotros con sus cargas afectivas y de pensamiento.
¿Porque quiénes son “Ellos”?
El pensamiento ajeno y colectivo, que se pega en las paredes de nuestra frágil arquitectura emocional. El pensamiento omnipresente que se nos impone como propio.

No es el presente. Es desconocer el futuro o saber que no hay futuro.
¿Porque qué  es el “Presente”?
Algo que no sabemos. Reconocemos el presente cuando pensamos o creemos en un futuro. Sin futuro, no hay presente. Hoy es pensar en mañana.

No es el hoy ni el ahora. Es no reconocer el pasado.
Tampoco es el ayer inmediato. Sino el tiempo profundo.
Porque el pasado es nuestro tiempo profundo.
Solo es pasado lo que guardamos en la memoria.
Todo lo demás es ausencia, anonimato, ignorancia, desprecio y negación.

No es el futuro. Es la falta de utopías. Es la falta de valor para pensar la utopía.
No es lo cotidiano. La crisis está en las quimeras.
No es la falta de empuje. Es la ilusión.
¿Porque qué es el “empuje” o la decisión o la convicción?
La ilusión no es un estado gaseoso, es el resultado sólido y concreto de creer.

Cuando se viaja con el equipaje equivocado, todos los caminos parecen extraños, todos los acompañantes son anónimos, todos los diálogos son ardores, todas las palabras son cinceles arrojados a una fragua que no descansa. Una fragua que devora esfuerzos, entusiasmos y todo lo que el pensamiento pueda proponer.

Las causas banales, angustias, contratiempos, esfuerzos vacíos, sobrevivencia y circunloquios en los que transcurre el diario trajín, donde se deterioran los días, los meses y los años, son los ambientes donde anidan y crecen los engaños. Es donde se compra Felicidad y Paraíso. Al peso, por metro, por litro, para un instante o para toda la vida.

Pero no hay ningún paraíso, aunque siempre estemos dispuestos a creer en alguno o inventarnos otro. Nuestra azarosa disposición a buscar la felicidad eterna, nos induce a creer que siempre estamos a punto de conseguir un paraíso que no sabemos cómo es. Tampoco hay acuerdo entre nosotros sobre cómo quisiéramos que fuera.

El paraíso es solo un árbol con ramilletes de pequeñas flores blancas, violáceas y azulinas, que brillan con fuerza a media mañana, en los días despejados de primavera.
Los otros paraísos son falsos espejos de uno mismo.
El paraíso del relato es  una falacia que se viste de utopía.
Una utopía que no cotiza en las apuestas urbanas,
Esa utopía es solo una idea crítica apagada antes de encender.
Esa es la crisis.

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Imagen: sarmiento-cms

martes, 18 de junio de 2019

ESCRIBAMOS, ES PRECISO ESCRIBIR.


Hay tareas destinadas a trascender, aun cuando en estos tiempos aparezcan prescindibles y fuera  del “Mundo Real”. Es decir, el comercio de bienes y servicios, la captación de cerebros para adormecerlos y colocarlos en ese “justo” lugar que el “Mundo Real” les tiene asignado.
Hace muchos años, una periodista argentina llamada Paloma Efron – conocida popularmente como Blackie – comentó un mandato familiar, un consejo de su padre: “Cuando se te pierdan los libros de la Historia, entonces ve a buscar los del Arte. Ahí está la historia de la humanidad”. Tengo grabada en mi memoria esa declaración. Desde entonces pienso que el valor de los artistas trasciende su vocación personal, su interés particular y hasta los vicios hedonistas con los que a veces se practica alguna de las artes.
Escribir es una de esas artes. Igual que  todas, se expresa por una combinación de elementos reales, tangibles o  no, con elementos simbólicos. La escritura misma es una sucesión de símbolos que traducen un Habla, que a su vez se expresa en una Lengua. Ambas partes de un mismo sistema forman un lenguaje multiforme y heteróclito, que los escritores hacemos evidente a través de la grafía. Pero entre lo físico y lo psíquico, siempre hay una idea. Esa sucesión es un lenguaje que debiera contener las claves para el  futuro.
Escribir no ha sido igual en todos los tiempos. Pero en todas las épocas, la voluntad de escribir, la decisión, ha estado marcada por la necesidad de quien escribe de dejar testimonio. Escribir es siempre una introspección, aunque el resultado de la escritura sea tan amplio que abarque espacios humanos en distinta profundidad.
Pero en estos tiempos, la acción de escribir tiene un fundamento más que la de testimoniar. Es una tarea que implica algo más que mirarse o mirar a los otros, algo más que  describirlos o describirse. Porque en estos tiempos hay un mundo en eclipse, hay un espacio humano que permanece en las sombras, hay un costado de la humanidad que inverna, que respira latente, que espera su momento. Escribir hoy no paga bien en el “Mundo Real”, pero será decisiva en el mundo futuro.
Porque cuando termine la era de la estupidez, cuando se ahogue en su propia banalidad esta época “feliz” de entretenimiento y dispersión, cuando el planeta sea un territorio arrasado por la idea sinóptica, el pensamiento sintético y la voluntad arrolladora por acumular objetos, distracciones, placebos y sucedáneos, cuando las ideas ya  estén agujereadas y deshilachadas, entonces hará falta otra cosa.
En un futuro, los hombres y mujeres de ese tiempo buscarán otra cosa. Porque el instinto y el principio de conservación de la especie, tiene más peso que cualquier otra idea o apariencia de pensamiento racional. El vacío deberá ser llenado para poder respirar. La angustia por el abismo es tan cruel como el hambre. En los territorios yermos no crece más que la desesperación.
Cualquiera de las historias que leamos nos dice que esto ya ocurrió. No de la misma forma, pero el escenario era el mismo, los protagonistas diferentes y los diálogos similares. Son crisis recurrentes en la historia de la humanidad que provocan catarsis diferentes. La especie evoluciona a pesar de todo, el pensamiento siempre sale nuevo y renovado. Ahora recuerdo a la profesora de geografía explicando qué pasó después de la era glaciar.
Como tantas otras veces, serán necesarios testimonios desde cualquier perspectiva y en todas las versiones. Testimonios del hombre sobre los hombres, la humanidad, su condición y su aventura. La escritura entonces, ya no es solo un arte, una bella arte. La escritura es el código donde están las claves, que les permitan a los hombres y mujeres salir del pensamiento único del “Mundo Real”, para regresar al rumbo del pensamiento transformador.
En algún momento concluirá la era perversa de la estupidez, la  era de la tragedia constante por “Tener”, las ideas que uniforman en el “Mundo Real”, que fabrican anónimos y ausentes individuos sin pensamiento propio. Cuando eso ocurra,  las claves de la catarsis, de la reconstrucción y la evolución, estará en los testimonios que seamos capaces de escribir.
No hay ninguna posibilidad de futuro si no se puede comprender el pasado. No hay ninguna posibilidad de evolución si se pierde la memoria. No hay futuro sin transformación. No hay crecimiento sin diversidad de pensamiento.
Dejar testimonio de esos desafíos, en las formas y soportes que se quiera, es la condición necesaria si se pretende ser un escritor.  
El mundo necesitará de arte y artistas, de escritos y escritores. Ocupemos el sitio, antes que lo hagan los “Mesías”.

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Imagen tomada de la Red. Agradezco cualquier información para consignarla

viernes, 24 de mayo de 2019

UNA ABRAZO PARA SALVARSE


Un abrazo. Si lo ven, si anda suelto por ahí, si te lo ofrecen, no es para desechar. Cuando se presenta un abrazo, no hay que mirar para otro lado.  Me refiero a un abrazo, no a un agarrón o un zamarreo desconocido. Es preciso aclararlo, porque en la confusión general, es posible que se haya perdido la idea de que abrazo es complementario de afecto. Quizá ambas palabras debieran ir siempre juntas o una signifique casi lo mismo que la otra o una no se comprenda sin la otra.
Abrazo es un sustantivo,  que viene de “abrazar”, que en las definiciones eruditas significa “ceñir con los brazos”, “Estrechar entre los brazos en señal de cariño. Pero por extensión, también significa “Rodear, comprender, incluir, admitir, recibir”. Abrazo significa muchas cosas más. La acción está condicionada por esas tres palabras incluidas en su definición que dice “señal de cariño”. Aquí es donde se descubre el parentesco con “Afecto”. Un adjetivo  que  tiene que ver con  las cosas de la sensibilidad. Y que en algún diccionario aparece como “Cualquiera de las pasiones o sentimientos del ánimo y más particularmente del amor o cariño”.
Todo eso está metido en un abrazo según la gramática. Imaginen todo lo que pueden poner las personas, quizá ustedes mismos, en el momento de un abrazo. Porque en esto de los abrazos, sentimientos y las manifestaciones de cariño, también hay algo de solidaridad en las angustias. En cada abrazo siempre hay complicidad y esperanza. Complicidad en la alegría y esperanza de que la tristeza no sea como el infinito.
Alegrías, tristezas, solidaridad, esperanza, cariño, afectos, abrazos, complicidades, comprender, recibir, admitir, incluir, son todas palabras que en la Argentina de hoy  tienen una valor incalculable. Tal vez lo tengan en todos los tiempos y en cualquier lugar. Pero en la Argentina de hoy, son vitales, son condición necesaria para sobrevivir. Cuando no hay dinero ni lo habrá,  la vida se fabrica con otras cosas. Y si hubiera dinero pero nada de lo que se incluye en los abrazos, entonces se fabrica futuro que muy poco tiene que ver con la vida.
Pero en los tiempos que corren las urgencias son otras. Nadie se sienta a  filosofar. En estos tiempos de revoluciones ficticias, todo huele a decadencia y marginalidad. Hombres y mujeres que cruzan la urbanidad  acelerados con sus prisas y las crisis pendiendo sobre sus cabezas. En estos casos, todos toman los caminos de la ansiedad y se cae en la tentación de estar  pendiente de los mercados. Y en el peor de los casos, de las apretadas síntesis económicas en los telediarios, que  hacen algunos que no saben nada pero opinan. En otros casos más complicados, el problema es la lista de empleos o las listas cortas de empleos ofrecidos o que no haya ninguna lista.
La angustia por las limitaciones del dinero no se salva en las páginas económicas. La protección de los ahorros no se asegura con más datos y cifras de información económica. Es importante todo eso, es cierto. Pero en los tiempos de crisis, lo único necesario es una cabeza abierta, que mira hace adelante con los ojos bien abiertos, sabiendo que el futuro no le ofrece nada,  y que todo lo que haya de cierto en este triste y gris escenario de nuestros días, proviene de otro lado. Ese otro lado, es el que está más cerca y seguramente no vemos.
Lo más triste de las crisis sociales (que terminan convertidas en personales) quizá sea apartarse de lo esencial, tratando de salvar el pellejo. Lo más triste es olvidarse de los abrazos y los afectos de los amigos, de la pequeña familia si la hubiera,  de los amores. Y lo peor de todo es olvidarse de la mujer que quieres o el hombre que amas,  en medio del vendaval que va cayendo.  Ese es el otro lado del problema. Ese es el único lugar desde donde podemos mirar la vida con otros ojos.
En las crisis, lo mejor es mirar a los costados y luego hacia adentro. Repasar el escenario. Buscar a los que te quieren y avanzar. Después, casi seguro que todos los datos que se han juntado servirán para algo. Antes no.  Y si no encontraras a nadie en esa observación, entonces hay que plantarse en el punto de partida. Pensar en uno mismo y saber que se está queriendo, que se está abrazando, y que no hay ningún sentimiento o razón que tenga más potencia que esa convicción.
Todo lo demás, es suicidarse lentamente sin reparar en el frío que va dejando la batalla.



Imagen de autor desconocido tomada de la Red. Agradezco información para consignarla.