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lunes, 31 de julio de 2023

LA ESPALDA DE LA GRAMÁTICA

Los inventores de la gramática no te conocieron. Por eso se impusieron las normas del lenguaje. Definieron la palabra belleza. Luego dijeron cómo y cuándo utilizarla, sin siquiera haber tenido noticias tuyas. ¿Dónde estabas?  ¿O no estabas? Tal vez ellos en su ceguera no pudieron verte. Tampoco te han sentido y desde luego jamás te han oído. Porque si algo de eso hubiera ocurrido, ellos no podrían haber hecho todas esas leyes ni llenado cientos de miles de páginas con letras y palabras para decir cómo debemos expresarnos.

El día que te conocí supe que la palabra belleza no tenía sentido. Pero nunca encontré una forma de nombrarte. Porque ese nombre que tienes es algo que te han impuesto. ¡Hay tantas formas de nombrarte! Así también, no calzas en ninguna. Tal vez todas juntas sirvan para explicar lo que se siente en tu presencia.

Contigo aprendí que el instante es un momento eterno y los tiempos no tienen ningún valor. El único tiempo está en el interior profundo y no tiene medida. Ahí el tiempo es una ecuación de quebrados sin solución y las definiciones son solo una arquitectura de palabras. Ese tiempo son habitaciones en ebullición, es el recinto ceremonial de tu belleza.

Caminando por los extremos sensibles de las miradas, en el sendero de esa línea que a veces nos arde, fui comprendiendo que las palabras, las frases, las normas y todas las leyes acumuladas por la historia, eran territorios convencionales de los absurdos. Paseando juntos en la noche,  se aprende que la luna tal vez no sea nada. Y por la mañana, el sol no aparezca por el este, sino a través de tus ojos o te dé la bienvenida en tu sonrisa o esté escondido detrás de tus dientes para comerte de golpe y por sorpresa al primer movimiento.

Nada define nada, salvo en la ciencia necesaria que usamos y necesitamos para sentir que no estamos en el abismo. Fuera de ella, todo es otra cosa. Y cuando escribo “cosa”, lo hago porque no sé cómo nombrar ese lugar o espacio o región o qué se yo, que se extiende hasta no sé dónde. Ese es tu lugar, es ahí dónde estás. Alimentando el fuego que mantiene crepitando las palabras, para que surjan nuevas palabras y larguen chispas al aire, para formar sucesiones de chispas que son como frases de lectura y locura obligada.

Sentado a tu lado fui aprendiendo que hay oraciones de fuego, párrafos de agua, aguaceros de palabras enloquecidas, relámpagos que anuncian la ruptura del pensamiento y truenos y tormentas donde el lenguaje cae rabioso sobre la tierra, se estrella y nos salpica para dejarnos su marca. A un lugar así, la poesía llega para alimentarse. ¿Pero qué es la poesía? Eso quiero saber yo. Tal vez lo aprenda a tu lado, caldeado en tu fuego y atento a las claves que dejas por ahí.

Los inventores de la gramática y todas sus normas solo pueden aspirar a describir el mundo, los hombres y algunos hechos y circunstancias. Pero nada más. La creación es otra cosa, que no reconoce normas ni leyes ni ordenanzas. Es el estado caótico de las cosas. Es caótico por ordenado, por frágil y sensible, por variable y mutable. Es el estado de cosas que solo responden a una sola ley, lo inefable. Es el estado de asombro y sus estremecimientos. Por eso es caótico.

Por eso sé que no te conocieron. Porque si así hubiera sido, nunca podrían haber dicho todo lo que dijeron ni escribir todo lo que escribieron. Tú eres como el cielo. Ese abismo en que todo es posible, todo está permitido, nada es constante, todo es mutante, nada es fijo y ordenado. Solo unos pocos se atreven y se quedan, permanecen y se transforman como el mismo cielo, como el mismo abismo.

Tal vez la poesía sea eso y no una cosa. Tal vez seas tú misma la poesía que se viste de cielo y te presentas ante mí, para enamorarme. Tal vez tú seas el abismo que a veces me abraza y a veces me traga. Pero no es esa la belleza que me enseñaron, no es así lo que me dijeron. Esto es otra cosa. No sé cómo es. Y me obliga a vivir en turbulencias, con el sentimiento erizado y el pensamiento quebrado. Todo gesto, diálogo, palabra o movimiento, es un impulso consciente hacia una nueva fragua que me ordene los huesos.  

Las otras noches me llevaste por ese camino de lo sensible. Es ahí donde se estrujan las entrañas. Es el lugar donde nada alcanza, todo es insuficiente, imperfecto y a punto de concluir para empezar otra vez. Es ese camino a donde me llevas, cada vez que me quieres demostrar que siempre hay algo más. Nunca me dices qué. Solo me dejas algunas breves expresiones que me llenan de más preguntas antes que respuestas. Y quedo expuesto a tu emoción que es mi emoción. Y tus vibraciones se deslizan por los bordes de mi pensamiento, creando palabras que no se pueden traducir. Porque a vos no hay forma de traducirte, sólo hay que vivirte y dejarse vivir.

Tomábamos un vino de madrugada cuando me pediste que no escribiera nada genial, porque tienes los días saturados de verdad revelada. Entonces pensé que la palabra es creación y no sentencia. Y que la frase es la acción en el proceso creador. “La realidad es un puñado de frases y palabras. En esa realidad nos vamos relatando, nos vamos escribiendo cada día”. Eso me dijiste hacia el amanecer, mientras pasabas suavemente tu mano sobre mi brazo. Ahí fue cuando detuve mi escritura para mirarte otra vez, para tomar una bocanada de vos, que cambiara mi realidad. Me apoyé sobre tu vientre y creí sentir los latidos de la matriz de la creación.

Contigo no hay legalidad. Caminar a tu lado es andar, sabiendo que en cada paso, se van transformando las formas de las palabras. Eres esa mujer donde se dan vuelta todos los elementos de la naturaleza misma de la vida y todo su lenguaje posible. En tu boca la palabra es creadora y tiene poder. Poder transformador. Yo lo llamo amor por estos días, pero quizá se llame de otra forma y el amor seas solamente vos o vos y yo abrazándonos, una tarde de lluvia bajo la arboleda del parque. Pero tiene que haber algo más. Porque cuando besas, se disuelven todas las formas de lo real. No tengo forma de expresarlo… Te impones sobre mí. Me obligas a salir, para encontrar las palabras que te pidan: ¡Hazlo otra vez! ¡Por favor!

Lo único real es eso. Todas las formas de expresión van cambiando según los modos y momentos de amarte. Cada metáfora es un pensamiento que estalla en sí mismo al calor de tus ojos. Cada frase es un fuego que funde palabras para producir nuevas metáforas. Y así vamos tú y yo. Al margen de la gramática, de espaldas a las normas, sin mirar el reglamento. En nuestros diálogos parece que no hablamos un lenguaje. Solo parece, porque no estamos en la realidad. Nuestros diálogos son nuestro punto de fuga. Es una fisura racional que nos devuelve como humanos, amándonos como si fuéramos el origen de la creación del mundo y de la vida. En ese caldero irracional, nosotros nos alimentamos de palabras que nos dejan en estado de poesía.

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Obra de Pier Toffoletti

viernes, 5 de noviembre de 2021

LUCERO EN MI PENUMBRA

Si algo le faltaba a la tarde, era el lucero que pedía la noche para ser noche. Para ser horas que se alumbran en penumbras. Para ser tiempo febril en el brillo de la mirada. Para ser audacia agazapada en la boca. Para ser latido en el pecho, en el beso y el abrazo.

La noche llegará, sin duda, lucero mensajero. No sé. Quizá no importe. Solo sé que estás aquí. Has venido para que la noche sea noche, para que deje todo lo que tengo, entregue las defensas de palabras y me deje llevar.

Si algo me faltaba en este día, era que aparecieras y me llevaras. Me tomaras en silencio, sin palabras, solo me llevaras. Y me abandonarás entrada la noche, en las líneas cálidas de tu cuerpo.

Si algo me faltaba para sacudir la torpe y obtusa monotonía, era sentir el viento fresco del otoño, recorriendo la espalda, para dejarme desnudo, erizado y conmovido.

Si algo estaba necesitando, era ir desenvolviendo pensamientos, dejarlos repartidos por la casa, ahí donde mejor se acomodaran. Más tarde, cuando las horas fueran propicias, quizá se unieran otra vez para contarme otra realidad. Cada tanto, se rebelan contra mí. Mucho más cuando apareces tú.

A tu lado, las noches han sido siempre vibrantes, aunque estemos sin movernos y en silencio. En esos momentos, el único ritmo que tenemos es el del corazón que se expresa por las manos. En cada pestañeo, burbujas de luz nos iluminan de a poquito cada vez.

La noche ahora es más noche y el lucero brilla con más intensidad. En mi penumbra, ella es el lucero. Es una luciérnaga que habita dentro de mí o creo que está dentro de mí. No lo sé. Solo sé que cada noche entrega tanta luz, que la profunda oscuridad se vuelve claridad.

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Poema publicado en Te Besaré A Quemarropa (agosto 2021)

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Imagen: foto de Sandra Cattaneo Adorno







domingo, 21 de febrero de 2021

CAMINO DE CAMINAR.CAMINO DE CAMINANTE.

 

El camino es complementario de la duda y la esperanza. A veces parece que las tres cosas van engarzadas en el mismo pensamiento. Parece que no se puede caminar sin dudar. Y al mismo tiempo mantener incólume la esperanza irracional, que alberga una alegría que no conocemos ni nos podemos explicar. 

Pero siempre que hay camino, también hay duda y hay esperanza. Todo forma parte de la misma emoción que se lleva en los músculos y se reflejan en los temblores – si los hay – de cada paso. 

El camino encierra una expectativa cargada de luces y de sombras que se traducen  en un suelo de lunares fusiformes o achatados y extendidos, que miramos con afecto en cada paso. 

Todo camino tiene un ritmo interior que no siempre se expresa en el andar. Pero en esos caminos también hay entornos que impactan de diversas formas. A veces en los ojos, a veces en el alma, a veces en el asombro que no entra en ningún lado y a veces solo se quedan en las manos que sostienen la expresión del caminante. 

El camino nos lleva siempre a alguna parte. A veces, a lugares que no elegimos. Otras veces, concluye en el objetivo supuesto. Otras veces nos deja en la nada, de un horizonte que no podemos comprender. 

Pero el camino siempre nos obliga. Y nos detesta cuando no caminamos. Nos odia cuando no aceptamos sus propuestas. Nos interpela de mil maneras, para que dejemos a un costado los miedos, no subamos a la duda de lo inesperado y tengamos el valor de pensar, imaginar y sostener.

El camino es el diálogo supuesto de referencias inimaginables. Porque el camino nos habla, nos dice, nos propone, nos pregunta. El camino es el habla permanente. A veces serena, a veces a los gritos.

Pero siempre que caminamos, creamos un discurso que lentamente nos va cambiando. Nos hacemos diferentes en la travesía. Aunque más no sea,  para resistir los embates de lo que no es nuestro, nos es extraño,  y para sostener  con firmeza renovada, la idea central que nos define, nos explica ante sí mismo y nos identifica en nuestro paso por el mundo.  Historia, ancestros y disputas mediantes.




Foto: El Jinete Imaginario / Sarmiento - cms

jueves, 18 de julio de 2019

ATRAVESADOS POR LA SENTENCIA


¿Cuándo empieza la vejez? ¿En qué momento una persona decide que es viejo? O mejor preguntemos así: ¿En qué momento una persona se descubre viejo y adopta para siempre el personaje de la vejez?
Tal vez no sea la persona misma quien decide esas cosas. Tal vez su entorno decide ponerle la etiqueta de “viejo”. No digo “la sociedad”. Porque es una categoría analítica que se usa para no descubrir al verdadero autor de las sanciones. “¡Es la sociedad!”, dice quien no tiene el valor de hacerse cargo de su propia sentencia, de sus propias definiciones.
Digo “entorno” y digo “etiqueta”, porque en el interior de esa biblioteca que tenemos dentro de nosotros, también usamos categoría. No son como las de Linneo, pero se le parecen. Las manías clasificatorias siempre tienen parentescos. Dicen que contribuyen al equilibrio emocional, nos ayudan a reconocer nuestro lugar en el mundo y no sé cuántas cosas más. Pero creo que se usan para mitigar  la falta de valor para moverse en escenarios mutantes, crecientes y transformadores. Pero al final todos, de una forma u otra, siempre echamos mano de alguna clasificación. Nuestra vanidad, por ejemplo, es adicta a las categorías. Y a nosotros nunca nos pone en el final.
Tengo la sospecha que a una persona  se le coloca el uniforme de viejo, cuando se pretende ocupar su lugar. Es un momento sin ceremonia, boatos ni abalorios. Pero hay complicidad entre las partes, para que la operación se lleve a cabo en silencio, sin alteraciones ni sospechas. En algún momento, no sé cuál, una persona admite sin resistencia el cartel de viejo. Y los repartidores de carteles que andan a su alrededor, inmediatamente lo apartan, lo colocan en esa nueva categoría y lo relevan al instante de cualquier rol o función que pueda tener.
El aislamiento forzado y la reclusión parcial a la que se somete a una persona, solo por llevar la etiqueta de viejo, se compensa con su inclusión en las categorías de bondad, generosidad, experiencia, entrega, desinterés y otras  cosas. El asunto, es mitigar el relevo en asuntos de autoridad intelectual y material, el paso al costado en las cuestiones personales y colectivas.
Ser viejo no convierte en buena a la persona ni la bondad es necesariamente complementaria de la vejez. Se puede ser lo opuesto también. Ninguna de estas afirmaciones es sustancial. Forman parte del  coloquio cotidiano de circunstancia, en el más inocente de los usos sociales.
Un viejo con autoridad, es siempre un viejo jodido. No es merecedor de esos galardones. En ese escenario, ser viejo no es un ascenso en la vida. El entorno les cuelga rápidamente la categoría de maldito. No hay piedad hasta que no abandone sus roles.
Ser viejo no es una edad. Es un estado de las cosas, en la lucha que tienen los humanos entre sí, para satisfacer su vanidad. Esa vanidad se traduce como satisfacción plena por el ejercicio del poder. El poder sobre los otros, sobre el entorno próximo y natural, compensa las  intrigas personales, las dudas  y la falta de definiciones. Alguna gente corriente  necesita viejos a su alrededor, porque es la única manera que tiene de saberse joven. Como si ambas cosas fueran consustanciales solo al tiempo biológico.
En el juego entre el que excluye y el que acepta ser excluido hay un vacío profundo sobre el sentido de la vida.
En los diccionarios, sobre todo en aquellos que remiten a las ideas afines a una  expresión, hay más de cien términos que remiten a “anciano” o “ancianidad”.  Cuando hay tantas formas tan diversas para nombrar algo o alguien, entonces es que no hay ni hubo consenso alguno, sobre cómo definir lo que se quiere definir. La lista de palabras indica que la vejez, se define según el punto de mira del que observa o tiene algún interés especial en la definición.
Porque a todo esto qué es la Vejez. ¿Es una edad  o un estado de ánimo? ¿Una región del tiempo humano o un espacio del pensamiento? ¿Un hábito social o un comportamiento personal ante los otros y consigo mismo? ¿Es  un abandono, una renuncia o una exclusión, una discriminación? ¿Es una decisión personal o un acuerdo colectivo de los que te quieren, pero que en realidad dicen que te quieren, porque en verdad no te quieren? ¿Es un nivel de las ideas o una decadencia del pensamiento?
Hay casos en los que a nadie se le ocurre anteponer la categoría social etaria antes de nombrarlo. Hay casos en los que la persona es por lo que hace, por lo que piensa, por lo que aporta. Las categorías de viejo, adulto mayor,  joven, adolescente, adulto, maduro y no sé cuántas más no son tenidas en cuenta. ¿Qué era el astrofísico y  cosmólogo Stephen William Hawking? Nunca nadie se preguntó si era joven o viejo. Murió con 76 años, pero para las sucesivas generaciones siempre tuvo la misma edad: la del pensamiento brillante. A Hawking nunca le pudieron colgar el cartel de viejo y apartarlo.
Para establecer la edad de una persona se usa el tiempo cronológico. Así es en el uso cotidiano moderno y urbano. Pero no todo el universo humano es urbano y bastantes menos son los considerados “modernos”,  según la definición de la sociedad de consumo.  Otra cosa es la edad administrativa a la que todo humano está condenado y que deciden los registros del Estado.
Hace algún tiempo (creo que en agosto de 1985) conocí una pareja de campesinos cerca de La Iruela, en la Sierra de Cazorla (Jaén, Andalucía).  Al momento del encuentro ambos estaban atareados en la trilla con una yunta de mulas, en un rellano del camino, justo en una pendiente que termina en el fondo del valle anterior al pueblo. La escena contrastaba con la modernidad de los autos que circulaban por el camino, cargado de turistas por esa época del año.
 Ambos conocían perfectamente los años que tenían los animales desde el momento en que los compraron. Eran relativamente pocos, comparados con su edad. La cronología la marcaba cada cosecha. ¿Pero cuál era la edad de ellos? No me pudieron responder con precisión. No se pusieron de acuerdo sobre la edad de ella. Él decía que tenía 52 y ella decía que eran 56. La respuesta estuvo acompañada por una sonrisa, como pidiendo perdón y complicidad. Sus festejos era la celebración del día en que decidieron vivir juntos. La edad era algo indefinida. No era su preocupación. El interés de ambos estaba centrado en su capacidad para la vida diaria. No eran ni viejos ni jóvenes. Ellos eran su día, su trabajo y su proyección. Todo lo demás era una cuestión de “papeleos” que “les metían”, cada vez que iban al Ayuntamiento o vendían sus productos agrícolas.                                                                                                                                                             
Es posible que la edad no deba definirse por la sucesión cronológica o por los adjetivos de joven, adulto y viejo. Al fin y al cabo, ninguna de esas definiciones tiene  un peso sustantivo. Son arbitrarias y se aplican según el sentido que le quiera dar a la palabra el que las usa. Pero en  estos tiempos, en ese caldo de opiniones y decires  donde se cuecen a fuego lento las ideas, pensamientos,  premios y castigos de la sociedad, el calificativo de viejo, como  el de joven, tiene un sentido claro que nadie quiere confesar.
Viejo es aquel que es necesario reemplazar, desplazar o apartar de las decisiones centrales del grupo humano de referencia.  Si acuerda ser desplazado, entonces recibirá los mejores calificativos que – en este caso – serán usados como galardones. Si no hay acuerdo, entonces debe saber el sancionado que será calificado de la peor forma.
Del mismo modo, ser joven no es una edad real. Es solo una forma de mencionar a todos aquellos que no están en condiciones de asumir roles de poder, mando y control sobre los demás. Si el juzgado lo admite, entonces será premiado con toda una serie de gratificaciones y enseñanzas pertinentes para ejercer el poder algún día. Si no admite el rol, entonces el calificativo será despectivo y solo servirá para remarcar sus incapacidades bajo el rótulo de “falta de experiencia”, en una clara  intención descalificadora.
Ninguna de estas categorías tiene que ver con la vida. Solo se refieren a los roles personales que cada uno pretende ejercer. El que manda y ordena es el adulto. El que obedece es el joven y al que se aparta y ocasionalmente se cuida, es el viejo.
Pero la vida es otra cosa. Para las ideas no hay edad, para el pensamiento no hay etapa. En ambos casos,  el equipaje esencial es la convicción y la decisión de enfrentar el universo  complejo de la vida humana, con sus certezas y contradicciones. Todo lo que suceda en el camino de ese individuo, será una consecuencia de sus fortalezas y una contingencia de su entorno. En esos embates, el tiempo no se traduce en una  sucesión numérica. La edad, como en los campesinos de La Iruela, solo se mide por el interés y capacidad de nuevos desafíos cada día. Hacerlo no convierte en joven a nadie y no hacerlo tampoco lo convierte en viejo.
La renuncia absoluta a todo no convierte en viejo a nadie. Simplemente es un ser humano que ha claudicado, alguien que decidió renunciar a los desafíos, quedó huérfano de futuro. Y para esas pérdidas o renuncias o claudicaciones, no hay edad cronológica ni administrativa ni calificativos sociales. Solo que a unos se les nota más que a otros.
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 Fotografía de Max Jack  (IG @mx.jack - fotógrafo y cineaste con base en Berlín)


viernes, 24 de mayo de 2019

UNA ABRAZO PARA SALVARSE


Un abrazo. Si lo ven, si anda suelto por ahí, si te lo ofrecen, no es para desechar. Cuando se presenta un abrazo, no hay que mirar para otro lado.  Me refiero a un abrazo, no a un agarrón o un zamarreo desconocido. Es preciso aclararlo, porque en la confusión general, es posible que se haya perdido la idea de que abrazo es complementario de afecto. Quizá ambas palabras debieran ir siempre juntas o una signifique casi lo mismo que la otra o una no se comprenda sin la otra.
Abrazo es un sustantivo,  que viene de “abrazar”, que en las definiciones eruditas significa “ceñir con los brazos”, “Estrechar entre los brazos en señal de cariño. Pero por extensión, también significa “Rodear, comprender, incluir, admitir, recibir”. Abrazo significa muchas cosas más. La acción está condicionada por esas tres palabras incluidas en su definición que dice “señal de cariño”. Aquí es donde se descubre el parentesco con “Afecto”. Un adjetivo  que  tiene que ver con  las cosas de la sensibilidad. Y que en algún diccionario aparece como “Cualquiera de las pasiones o sentimientos del ánimo y más particularmente del amor o cariño”.
Todo eso está metido en un abrazo según la gramática. Imaginen todo lo que pueden poner las personas, quizá ustedes mismos, en el momento de un abrazo. Porque en esto de los abrazos, sentimientos y las manifestaciones de cariño, también hay algo de solidaridad en las angustias. En cada abrazo siempre hay complicidad y esperanza. Complicidad en la alegría y esperanza de que la tristeza no sea como el infinito.
Alegrías, tristezas, solidaridad, esperanza, cariño, afectos, abrazos, complicidades, comprender, recibir, admitir, incluir, son todas palabras que en la Argentina de hoy  tienen una valor incalculable. Tal vez lo tengan en todos los tiempos y en cualquier lugar. Pero en la Argentina de hoy, son vitales, son condición necesaria para sobrevivir. Cuando no hay dinero ni lo habrá,  la vida se fabrica con otras cosas. Y si hubiera dinero pero nada de lo que se incluye en los abrazos, entonces se fabrica futuro que muy poco tiene que ver con la vida.
Pero en los tiempos que corren las urgencias son otras. Nadie se sienta a  filosofar. En estos tiempos de revoluciones ficticias, todo huele a decadencia y marginalidad. Hombres y mujeres que cruzan la urbanidad  acelerados con sus prisas y las crisis pendiendo sobre sus cabezas. En estos casos, todos toman los caminos de la ansiedad y se cae en la tentación de estar  pendiente de los mercados. Y en el peor de los casos, de las apretadas síntesis económicas en los telediarios, que  hacen algunos que no saben nada pero opinan. En otros casos más complicados, el problema es la lista de empleos o las listas cortas de empleos ofrecidos o que no haya ninguna lista.
La angustia por las limitaciones del dinero no se salva en las páginas económicas. La protección de los ahorros no se asegura con más datos y cifras de información económica. Es importante todo eso, es cierto. Pero en los tiempos de crisis, lo único necesario es una cabeza abierta, que mira hace adelante con los ojos bien abiertos, sabiendo que el futuro no le ofrece nada,  y que todo lo que haya de cierto en este triste y gris escenario de nuestros días, proviene de otro lado. Ese otro lado, es el que está más cerca y seguramente no vemos.
Lo más triste de las crisis sociales (que terminan convertidas en personales) quizá sea apartarse de lo esencial, tratando de salvar el pellejo. Lo más triste es olvidarse de los abrazos y los afectos de los amigos, de la pequeña familia si la hubiera,  de los amores. Y lo peor de todo es olvidarse de la mujer que quieres o el hombre que amas,  en medio del vendaval que va cayendo.  Ese es el otro lado del problema. Ese es el único lugar desde donde podemos mirar la vida con otros ojos.
En las crisis, lo mejor es mirar a los costados y luego hacia adentro. Repasar el escenario. Buscar a los que te quieren y avanzar. Después, casi seguro que todos los datos que se han juntado servirán para algo. Antes no.  Y si no encontraras a nadie en esa observación, entonces hay que plantarse en el punto de partida. Pensar en uno mismo y saber que se está queriendo, que se está abrazando, y que no hay ningún sentimiento o razón que tenga más potencia que esa convicción.
Todo lo demás, es suicidarse lentamente sin reparar en el frío que va dejando la batalla.



Imagen de autor desconocido tomada de la Red. Agradezco información para consignarla. 

martes, 2 de abril de 2019

REALIDADES EN DISPUTA


En momentos de crisis, en esos períodos en los que creo que estoy perdido o que está  todo perdido a pesar de mi voluntad, entonces he corrido a refugiarme en el arte.
Pero no es cierto o es una verdad a medias. Solo busco expresar el momento de angustia. También intento buscar una explicación. Encontrar razones por un camino distinto del razonamiento discursivo. A veces, por el  método inefable, se llega a una conclusión coherente, convincente. 
Lo más probable, es que esas respuestas inefables tengan mejor conjunción con ese caos, en el que se desarrollan los días. No hay armonía, pero hay sosiego. Tengo la sensación de descubrir la verdadera cara del enemigo exterior y su confluencia en el interior. Ese enemigo que casi nunca sabemos dónde está y si lo encontramos no  se puede definir.
En los momentos de crisis, cuando no veo el camino o lo que veo se presenta  clausurado, entonces corro lo más rápido que puedo a encontrarme conmigo mismo. Son esas horas, en los que recuerdo (como un golpe brusco de memoria) dónde guardo las  armas emocionales y de pensamiento que me definen como humano. Todo eso que el caos urbano, social y cotidiano ha estado  robándome  en silencio, hasta convertirme en un anónimo. Ausente para los otros y  de mí  mismo.
No es al arte a donde voy. Es a mí mismo a quien estoy buscando. Es hacia ahí donde estoy corriendo – casi desesperado – para no abandonarme. Pero en esa carrera, también busco y encuentro los resultados que otros  han dejado de sus propias búsquedas y corridas. Porque en esos escenarios, a veces sublimes, a veces de luchas sin piedad, es donde se cuece eso que llamamos arte. Así como la vida es consecuencia del agua, el arte necesita vida. Pero el arte es necesariamente también, una consecuencia del fuego.
En ese camino de pensar y pensarme, mirar y mirarme, también recojo todo aquello que han dejado los que me han antecedido en este ejercicio y  batalla temporal. Pero no es el arte a dónde he llegado. Solo he buscado en él respuestas inefables que expliquen los absurdos sociales que arrinconan a diario a las personas.
Otros elijen otros  caminos para sobrevivir. En mi caso, recupero mi condición en ese  mundo incongruente, cargado de mensajes y leyendas de vida. Es donde se aprende la historia de la condición humana. Es donde aprendí a vivir. Es lo  que me ha dejado respirar todo este tiempo. Y el que vendrá.  


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Foto de autor desconocido. Se  agradece la información para consignar. 

miércoles, 27 de marzo de 2019

ESTRATEGIA PARA LLEGAR A NADA


No hacer, postergar todo hasta la próxima luna, dejar en la niebla del invierno las mejores ideas hasta el próximo verano, es algo así como una estrategia para alargar la vida.
Vanamente creemos que la vida son esas pequeñas quimeras que fabricamos, en medio del fragor diario, para que no nos duelan sus consecuencias.
Vanamente creemos que postergar su realización, con la promesa de enriquecerlos mañana,  alargará nuestras vidas.
Vanamente creemos que la muerte recula ante ilusiones. Ilusiones que postergamos para mantenerlas vivas, porque sabemos que se disuelven en euforia en el camino de realización.
Vanamente  nos dibujamos días generosos en proyectos. Ideas, propuestas y entusiasmos que edificamos como murallas para que el vulgar sentido común no nos asfixie.
Vanamente damos vueltas y crecemos en esa alegría que nos dejan  las ilusiones y en el empuje que nos dan nuestras quimeras.
Mientras la vida, eso que el ritmo cotidiano llama vida y normalidad, tritura esperanzas y venturas. 
Mientras,  seguimos y seguimos.  Aunque no lleguemos a ningún lado
Mientras, giramos y giramos. Sin poner el freno en la ilusión,  que termina en desilusión
Tal vez  un día se rompa la cadena, se rompa la monotonía de proyectar y proyectar.
Tal vez  un día saltemos la barrera de la ilusión. Tomemos la decisión.
Tal vez un día, todas esas horas contrahechas, merezcan llamarse día. 


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Imagen: “A silhouette of a passer by in Malé”, FRANCESCO_ZIZOLA/NOOR. 2009.

jueves, 14 de febrero de 2019

LA GENTE NO CUMPLE AÑOS


La gente no cumple años. La gente cumple deseos,  entusiasmos, promesas y esperanzas de venturas. También cumple nostalgias por las promesas perdidas, por el fracaso que no quiere recordar pero lleva grabado en el cuerpo.
La gente no cumple años. La gente solo tiene un momento solemne para recordar (recordarse y recordarles a los próximos)  todo lo que quiso ser y todo lo que está dispuesto a ser.  Es una ceremonia solemne en la que no está permitido el recuerdo de los fracasos. Solo está habilitada la vía de las promesas en la autopista de la felicidad.
Todos cumplimos años. Pero no festejamos los años. Festejamos los años que vendrán. Y está bien. Toda persona de bien, solo se detiene en cuestiones de futuro. Porque es limpio, despejado y a disposición de las quimeras. El pasado es solo el arrabio de lo conseguido y lo que no fue.
La gente  no debería cumplir años. La gente solo debería cumplir deseos o promesas o quimeras o   rebeliones contra la desgracias del “Sin-Futuro”.
La única vida que tenemos está hecha solo de futuro y entusiasmo. Tal vez podamos ponerle algo de talento a ese entusiasmo, pero esa es otra historia. Lo cierto es que nuestra vida no está hecha de pasado. El pasado es solo una crónica de los deseos y quimeras que tuvimos alguna vez.
 La  única vida que tenemos está hecha de futuro. Y  es necesario que – al menos una vez al año – decidamos  hacer esas ceremonia necesaria, que nos convence que tenemos toda la fuerza  posible para llegar a ese futuro.
Un futuro que puede estar en la cima de algo  o solo hasta el próximo aniversario de los deseos. Pero eso ya es otra historia. 


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César Manuel Sarmiento - Imagen ©sarmiento-cms