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viernes, 3 de febrero de 2023

ESE MAR

Eterno comienzo.
Retiro, retroceso y de nuevo empezar. Así cada día.    

El mar llega hasta la orilla con la parsimonia de un elefante y sacude la  playa con la fuerza de un rinoceronte.

El mar y su perseverante constancia de sacudirlo todo, de revolverse a sí mismo, de retorcer sus propias entrañas y lanzarse sobre la orilla hasta aplastarla sin piedad.

La ola apenas es el extremo impulso de ese cuerpo mastodóntico. Es igual que un par de manos con los dedos abiertos en su máxima amplitud. Es un puño que lentamente se desprende, extiende sus falanges y atrapa todo lo que puede sobre la orilla y un poco más allá.

En su regreso, tras la avalancha de energía envolvente, vuelve a sus entrañas con la dulzura de una caricia que va repartiendo sobre la playa.

Mientras escribo, la siento sigilosa a mi costado. Percibo su tierna solidaridad. Silenciosa siempre con simples y breves estallidos de vez en vez. Ella es como ese mar.  

Es una ola que cuando rompe en la orilla, avanza y retrocede, sacude y se lleva todo, limpia y despeja la playa, golpea y humedece la arena seca. Vuelve hacia adentro. Se recoge, crece y regresa en una cresta. Se pelea con el viento, reparte rocío en el ambiente y anuncia su poderosa presencia. Nunca sabes qué dejará cuando vuelva en retroceso y se pierda otra vez en la profundidad, solo para tomar fuerza y volver otra vez.

Todas las horas que escribo, ella es como ese mar que todo lo puede. En cada avalancha de palabras, ella es esa ola que revuelve, ordena y les da otra identidad. Mis historias duran el tiempo que se tome esa ola en estallar. Parecen que tienen final pero es solo un descanso para volver a empezar. Ella es esa ola y ese mar. Y lo que escribo son eslabones de algo que siempre vuelve distinto, diferente, a empezar.

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Imagen: Dokar Medina Camaño (@dokar_mc_fotografo). Modelo: Luz (@luz_arte_vivo)

martes, 18 de junio de 2019

ESCRIBAMOS, ES PRECISO ESCRIBIR.


Hay tareas destinadas a trascender, aun cuando en estos tiempos aparezcan prescindibles y fuera  del “Mundo Real”. Es decir, el comercio de bienes y servicios, la captación de cerebros para adormecerlos y colocarlos en ese “justo” lugar que el “Mundo Real” les tiene asignado.
Hace muchos años, una periodista argentina llamada Paloma Efron – conocida popularmente como Blackie – comentó un mandato familiar, un consejo de su padre: “Cuando se te pierdan los libros de la Historia, entonces ve a buscar los del Arte. Ahí está la historia de la humanidad”. Tengo grabada en mi memoria esa declaración. Desde entonces pienso que el valor de los artistas trasciende su vocación personal, su interés particular y hasta los vicios hedonistas con los que a veces se practica alguna de las artes.
Escribir es una de esas artes. Igual que  todas, se expresa por una combinación de elementos reales, tangibles o  no, con elementos simbólicos. La escritura misma es una sucesión de símbolos que traducen un Habla, que a su vez se expresa en una Lengua. Ambas partes de un mismo sistema forman un lenguaje multiforme y heteróclito, que los escritores hacemos evidente a través de la grafía. Pero entre lo físico y lo psíquico, siempre hay una idea. Esa sucesión es un lenguaje que debiera contener las claves para el  futuro.
Escribir no ha sido igual en todos los tiempos. Pero en todas las épocas, la voluntad de escribir, la decisión, ha estado marcada por la necesidad de quien escribe de dejar testimonio. Escribir es siempre una introspección, aunque el resultado de la escritura sea tan amplio que abarque espacios humanos en distinta profundidad.
Pero en estos tiempos, la acción de escribir tiene un fundamento más que la de testimoniar. Es una tarea que implica algo más que mirarse o mirar a los otros, algo más que  describirlos o describirse. Porque en estos tiempos hay un mundo en eclipse, hay un espacio humano que permanece en las sombras, hay un costado de la humanidad que inverna, que respira latente, que espera su momento. Escribir hoy no paga bien en el “Mundo Real”, pero será decisiva en el mundo futuro.
Porque cuando termine la era de la estupidez, cuando se ahogue en su propia banalidad esta época “feliz” de entretenimiento y dispersión, cuando el planeta sea un territorio arrasado por la idea sinóptica, el pensamiento sintético y la voluntad arrolladora por acumular objetos, distracciones, placebos y sucedáneos, cuando las ideas ya  estén agujereadas y deshilachadas, entonces hará falta otra cosa.
En un futuro, los hombres y mujeres de ese tiempo buscarán otra cosa. Porque el instinto y el principio de conservación de la especie, tiene más peso que cualquier otra idea o apariencia de pensamiento racional. El vacío deberá ser llenado para poder respirar. La angustia por el abismo es tan cruel como el hambre. En los territorios yermos no crece más que la desesperación.
Cualquiera de las historias que leamos nos dice que esto ya ocurrió. No de la misma forma, pero el escenario era el mismo, los protagonistas diferentes y los diálogos similares. Son crisis recurrentes en la historia de la humanidad que provocan catarsis diferentes. La especie evoluciona a pesar de todo, el pensamiento siempre sale nuevo y renovado. Ahora recuerdo a la profesora de geografía explicando qué pasó después de la era glaciar.
Como tantas otras veces, serán necesarios testimonios desde cualquier perspectiva y en todas las versiones. Testimonios del hombre sobre los hombres, la humanidad, su condición y su aventura. La escritura entonces, ya no es solo un arte, una bella arte. La escritura es el código donde están las claves, que les permitan a los hombres y mujeres salir del pensamiento único del “Mundo Real”, para regresar al rumbo del pensamiento transformador.
En algún momento concluirá la era perversa de la estupidez, la  era de la tragedia constante por “Tener”, las ideas que uniforman en el “Mundo Real”, que fabrican anónimos y ausentes individuos sin pensamiento propio. Cuando eso ocurra,  las claves de la catarsis, de la reconstrucción y la evolución, estará en los testimonios que seamos capaces de escribir.
No hay ninguna posibilidad de futuro si no se puede comprender el pasado. No hay ninguna posibilidad de evolución si se pierde la memoria. No hay futuro sin transformación. No hay crecimiento sin diversidad de pensamiento.
Dejar testimonio de esos desafíos, en las formas y soportes que se quiera, es la condición necesaria si se pretende ser un escritor.  
El mundo necesitará de arte y artistas, de escritos y escritores. Ocupemos el sitio, antes que lo hagan los “Mesías”.

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Imagen tomada de la Red. Agradezco cualquier información para consignarla