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lunes, 13 de marzo de 2023

DUDAS Y CERTEZAS

Te conozco. A veces no lo sé. 
No te reconozco. Y a veces te conozco demasiado bien.
No lo sé. ¿O sí lo sé?

Estas en mí no sé desde cuándo.

Hace tanto que voy tras tuyo, que sigo tus ondas, que te voy buscando, que te estoy escribiendo, que a veces pienso que te conozco, que nací el mismo día que me di cuenta que te llevo dentro. Porque cuando escribo si sé que te llevo dentro y también es una forma de saber que te estoy buscando.

Tal vez sea cierto esto que escribo y que llevo aquí dentro.

Tal vez sea cierto, igual que todo lo que está ahí fuera.
Tal vez sea tan fuerte como la palabra que está grabada, la que voy escribiendo, la que tengo dentro o la que está allá donde habitas, desde donde me cuentas historias, travesuras y lanzas propuestas.
Desde donde nos miramos con ojos de admiración. 

Te conozco. No te conozco. Te reconozco. No lo sé.

En todos los planos, todas las realidades, todos los instantes de cada día, vamos mutando la piel, los gestos, las emociones, los silencios. Pero no cambian las palabras y su significado, salvo mentira, insidia o despreocupación.
En cada momento puede haber una pequeña revolución. En cada espera hay una esperanza de revolución. En cada segundo hay una expectativa.
En todo momento somos distintos.
Nos reconocemos, nos perdemos, nos caemos, nos levantamos, nos amamos, nos odiamos, nos negamos, nos alabamos, nos juntamos, nos separamos, nos echamos y volvemos. 

Cada día es un punto. Quizá no valga nada. Pero quizá sea el agujero por donde podamos espiar el infinito, el hueco por donde todo se ve. Cada día es el lugar donde todo se puede ver. Es una abertura por donde nos espiamos el alma, nos llamamos, nos reclamamos y a veces nos encontramos. Cada día es una rendija que nos deja ver el alma desnuda. El día es un invento para verse a los ojos, besarse las emociones, apretar las ideas entre las manos, abrazarlas y cargarlas. Decididos. Cada día es un contrapunto.

Hay tantas versiones de un mismo día, tanta ceguera como lucidez, tanta  ausencia como plenitud, tanto trasiego ignorado como instante fundacional. Ese es el punto en donde nos cruzamos. Esa es la intersección del impacto. Ese es el lugar, el comienzo. Es ahí donde siempre quiero estar. Esos son los momentos en que escribo. Porque hay una fuerza interior que me dice: “¡déjalo grabado!”. Cumplo la orden. Porque siempre tengo la sospecha que es el único camino que me llevará hasta donde estás, donde quiero estar, donde siempre quise estar y a veces sospecho que es donde nací. Mientras tanto, en el camino, escribo. Cada palabra es un signo más que me deja conocer, me permite reconocer. 

Te conozco. No te conozco. Te reconozco. No lo sé.

El día que deje de dudar, tal vez ya no escriba más. Quizá sea porque no me reconozca, porque no quiera conocerme. Ese día quizá, ya no sepa para qué sirven las preguntas ni me importen las respuestas. Sin duda, eso será porque te he dejado de querer o tal vez no sepa cómo hacerlo o me haya perdido para siempre.

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Imagen tomada de la Red de autor desconocido. 


domingo, 21 de febrero de 2021

CAMINO DE CAMINAR.CAMINO DE CAMINANTE.

 

El camino es complementario de la duda y la esperanza. A veces parece que las tres cosas van engarzadas en el mismo pensamiento. Parece que no se puede caminar sin dudar. Y al mismo tiempo mantener incólume la esperanza irracional, que alberga una alegría que no conocemos ni nos podemos explicar. 

Pero siempre que hay camino, también hay duda y hay esperanza. Todo forma parte de la misma emoción que se lleva en los músculos y se reflejan en los temblores – si los hay – de cada paso. 

El camino encierra una expectativa cargada de luces y de sombras que se traducen  en un suelo de lunares fusiformes o achatados y extendidos, que miramos con afecto en cada paso. 

Todo camino tiene un ritmo interior que no siempre se expresa en el andar. Pero en esos caminos también hay entornos que impactan de diversas formas. A veces en los ojos, a veces en el alma, a veces en el asombro que no entra en ningún lado y a veces solo se quedan en las manos que sostienen la expresión del caminante. 

El camino nos lleva siempre a alguna parte. A veces, a lugares que no elegimos. Otras veces, concluye en el objetivo supuesto. Otras veces nos deja en la nada, de un horizonte que no podemos comprender. 

Pero el camino siempre nos obliga. Y nos detesta cuando no caminamos. Nos odia cuando no aceptamos sus propuestas. Nos interpela de mil maneras, para que dejemos a un costado los miedos, no subamos a la duda de lo inesperado y tengamos el valor de pensar, imaginar y sostener.

El camino es el diálogo supuesto de referencias inimaginables. Porque el camino nos habla, nos dice, nos propone, nos pregunta. El camino es el habla permanente. A veces serena, a veces a los gritos.

Pero siempre que caminamos, creamos un discurso que lentamente nos va cambiando. Nos hacemos diferentes en la travesía. Aunque más no sea,  para resistir los embates de lo que no es nuestro, nos es extraño,  y para sostener  con firmeza renovada, la idea central que nos define, nos explica ante sí mismo y nos identifica en nuestro paso por el mundo.  Historia, ancestros y disputas mediantes.




Foto: El Jinete Imaginario / Sarmiento - cms