viernes, 20 de marzo de 2020

EL COLAPSO DEL HOMBRE SOLO QUE TRIUNFA


El hombre de las cavernas sobrevivió, creció y se multiplicó en medio de tragedias mayores que el Coronavirus. ¿Cómo pudo hacerlo con tan precarios conocimientos científicos y una tecnología tan rudimentaria?
Conocía, utilizaba y manejaba con solvencia un elemento clave de la cultura universal de la humanidad: el Sentido Social de la Solidaridad en Comunidad.
Sin escritura ni grandes explicaciones, el hombre de las cavernas sabía con claridad, que en las grandes emergencias, su propio y único accionar no tenía valor. Solo aportando al esfuerzo conjunto de la comunidad, era  donde su acción individual se multiplicaba y era eficaz. Ese es el principio que la sociedad contemporánea no tiene.
La sociedad moderna cree en el individuo como fuente universal de suficiencia y poder. Rinde culto al esfuerzo personal como única forma de alcanzar niveles de bienestar. Un “bienestar” que tiene nuevo significado en el marco de la sociedad de consumo.
Es el paradigma del “Hombre solo que triunfa” ante los peligros, que se sobrepone y los domina o elimina. El hombre o la mujer sola que moldea su propio futuro resistiendo la adversidad. Y aunque en la definición del paradigma no esté escrito, es natural pensar que se llama “peligros” y  “adversidad” a la misma sociedad. Es decir, es la cultura del “yo soy bueno, luchador y perseverante”, todos los demás “se merecen lo que tienen por vagos, irresponsables e inconstantes”.
El viejo relato de las “influencias perniciosas” que en este caso no es otra que la misma sociedad. El “Hombre solo que triunfa” debe luchar dentro y contra la sociedad. Solo así alcanzará su meta, será alguien renovador y de progreso. Será menos natural y más civilizado. Pero no hay registro sobre si es mejor humano.  
Pero resulta que ante la primera emergencia, se advierte que la  acumulación de bienes y los éxitos profesionales no le han dado muchas herramientas para conducirse en tiempos de crisis. En la emergencia quedan expuestas de forma evidente muchas carencias. De pronto se descubre que los avances científicos y tecnológicos no los han hecho más hábiles, imaginativos y creativos en la supervivencia. Todo lo contrario, los expone, los muestra como seres profundamente dependientes, incapaces de ver más allá de su inmediata necesidad.
El “Hombre solo que triunfa” del paradigma, de pronto descubre en medio de una crisis, que su capacidad de comprar y su lugar en el escalafón profesionales y el espacio ascendente que ocupa en la comunidad no les sirven para nada. Ha podido fabricar y hasta moldear su futuro – al menos eso cree – pero no puede comprar la vida que necesita para llegar a ese futuro.
La causa es simple: no todo se puede comprar. Una frase desgastada por el uso, abuso y mal uso, pero que forma parte del catálogo general llamado “Sentido Común”. Algo así como una enciclopedia no escrita que tienen las sociedades para advertir a las próximas generaciones. 
La sociedad contemporánea como tal – en comparación a la que construyó el hombre de las cavernas – es una sociedad desestructurada que en situaciones críticas de emergencia social, muestra una absoluta incapacidad para actuar como sociedad, en bloque, solidariamente y con un mismo plan de acción. Mientras mayor sea el crecimiento económico, financiero y comercial de esa sociedad, más patética se presenta esa fragmentación. Porque el nexo primordial que la une, es el dinero y la capacidad de compra.
Es una sociedad sin empatía, con un solo ritmo de pensamiento técnico y automático. Para cada desafío, existe una fórmula para intervenir. Ante cada peligro hay artefactos, medios técnicos y protocolos de relaciones personales que permitirán mitigar los efectos. En esta sociedad todo tiene su correlato, vivir es una secuencia programada que encadena sucesos en la vida de las personas, que han sido marcadas de antemano. Y como si fueran postas o vallas a saltar, cada individuo debe llevar ese rumbo si no quiere quedar fuera del camino del éxito. Hasta que llega  una pandemia que no estaba en el programa.
El paradigma del “Hombre solo que triunfa”, el individualismo extremo, la exaltación del ego, la idea del éxito y las relaciones personales mediadas por el dinero, han moldeado una élite dentro de la comunidad o sociedad. Es la élite a la que nada le toca, nadie le puede hacer daño y el que lo intente recibirá el peso y la condena del poder. 
Las sociedades occidentales han ido desarrollando un sistema de castas, complementario a la división en clases. Usando el dinero, la capacidad de comprar, consumir, acumular y acaparar, han establecido categorías sociales que no están prescriptas o definidas en ningún lado, pero que están. Se ha construido una sociedad profundamente desigual, de grupos inconexos, que se conducen como comunidades absolutamente diferentes con intereses contrapuestos.
El ideal de sociedad democrática, participativa, igualitaria y unida por el supremo interés común, es solo un eufemismo en los preámbulos de las constituciones que dan forma a los Estados. El paradigma triunfante solo deja una sociedad profundamente desigual, a la que cínicamente se la caracteriza como “diversa”. Pero no es diversa, es desigual. Suena parecido pero no es igual.
Paradójicamente la élite y sus formas, convierten a las personas que la integran en marginales. Están en un estrato tan superior al resto, que en realidad están fuera de la sociedad. La pueden controlar y dominar, pero están fuera. El dinero ha generado una sociedad grupalmente desigual y el paradigma del “Hombre solo que triunfa”, ha fabricado una particular especie de marginales. Son los que nada saben hacer sin dinero, sin influencia, sin contactos, sin tarjetas ni presentaciones. El paradigma del “Hombre solo que triunfa” es el paradigma del “Hombre amputado” en su condición humana. Es un hombre inútil en naturaleza porque ha perdido los elementos básicos de la condición humana en el camino al éxito, el triunfo y el prestigio. En ese parnaso del sistema, la élite sofisticada resulta ser un conjunto de marginales, que se hacen compañía pero que no se pueden ayudar en situaciones extremas, porque no saben que es el sentido social, el concepto de solidaridad y el rol de empatía.
Las crisis epidémicas a lo largo de la historia, siempre han puesto a prueba el temple de los pueblos que las padecen. Han dejado conclusiones y prioridades a resolver. Pero en todos los casos, se ha partido de un sentido comunitario que esta sociedad moderna no tiene. El “Coronavirus” no solo es una pandemia sanitaria mundial, también es un colapso moral y la evidencia empírica del cinismo económico y la oscuridad política de la sociedad occidental de hoy.  
Como ha ocurrido otras veces también a lo lago de la historia, siempre hay pequeños grupos que han tenido en resguardo valores y herramientas morales y emocionales, que siempre son necesarias para cualquier reconstrucción. Porque además de la técnica y la ciencia, también son fundamentales otros elementos humanos.
Esos personajes considerados nocivos y peligrosos en tiempos de normalidad, son los que poco a poco van quedando en la primera línea de combate en las emergencias. Son los que nunca renunciaron a su condición humana, su inserción e interacción con el mundo natural en que crecieron y que siempre están dispuestos a reconstruir lo que la avaricia va destruyendo a cada paso.
Un pequeño grupo humano que ha mantenido empatía social, reconocimiento del otro y sus semejanzas, solidaridad comunitaria, interacción natural con su entorno y un espacio vital generoso, son los encargados de recomponer esa sociedad de “Hombres amputados” que lentamente fue fabricando el paradigma del “Hombre solo que triunfa” y que una imprevista pandemia ha dejado en evidencia.
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Imagen de autor desconocido tomada de la Red. Se agradece información para consignarla. 

jueves, 5 de marzo de 2020

SOLO SE TRATA DE COINCIDIR


No sólo hay que saber decir sino mejor en qué momento decir. De nada sirve un pensamiento brillante en el centro del sol ardiendo, cuando una simple chispa en la oscuridad, indicará el rumbo posible para encontrar lo que se busca, que tal vez sea el mismo sol, que ha calcinado la idea brillante.
La quimera de todo escritor, es encontrar el momento justo en que su escritura tenga el impacto con la que fue pensada. Ningún escritor en serio, escribe para adormecer el pensamiento y la sensibilidad de sus congéneres. Tampoco busca empatía, su ego no se lo permite. Lo que persigue es el impacto en el otro. Y que ese impacto sea visible, que él mismo lo pueda comprobar. Solo así disfrutará de la segunda parte de esa satisfacción general que es la escritura. Escribir y el posterior impacto son clave, para todo el que se dedique a escribir en serio.
Pero las cosas no siempre coinciden. A veces el impacto se produce un siglo después de la existencia del escritor. A veces el azar es generoso con la banalidad y le otorga al escritor el beneficio del impacto, aunque sea momentáneo o que dure un poco más. Tal vez el mismo espacio de tiempo mientras vive. Y luego todo se disipe y se diluya sin resistencia en la niebla de los pensamientos confusos o en las ideas injustamente condenadas al olvido.
Esto de escribir no siempre se da al gusto de todos. Ni de los que leen o esperan leer lo que quisieran escribir, ni de los que escriben y esperan encontrar a los lectores que a ellos mismos les gustaría ser.
Por eso a veces hay sorpresa en las reacciones de los otros. Tanto si hay apatía como si hay complicidad. Y no digo lo que sucede si hay coincidencia emocional, porque eso ya es el paraíso para quien ha  escrito lo que haya escrito.
No siempre hay coincidencias… Pero lo que se busca afanosamente es alguna  coincidencia,  complicidad o simbiosis total entre el que escribe y el que lee. Porque en ambos ejercicios siempre hay algún tipo de complicidad.
Los que escribimos, en realidad nos estamos leyendo, estamos poniendo en grafía lo que estamos leyendo de nuestro pensamiento, que siempre es mucho más amplio y profundo de lo que atinamos a leer imaginariamente en nuestra mente, en esas fracciones de segundos a veces discontinuas, a veces seguidas y alteradas por la urgencia de querer recordar lo que estamos leyendo de nosotros mismos.
Los que leemos, en realidad nos estamos mimetizando con lo narrado y hasta asumimos el rol de los personajes que protagonizan el relato. Leemos hablando internamente, le asignamos tonalidad, colorido y hasta le damos coloratura a las voces de los personajes, los  intuimos, completamos la apariencia del personaje, más allá de la descripción que haya puesto el escritor.  Y  cuando no  hay personajes y el texto discurre en clave  poética, sin definir al personaje, es muy probable que  nos sumemos a la aventura de ser nosotros mismos los que vivimos eso que se cuenta. Cuántas veces al finalizar un poema pensamos que algo de eso nos pasó a nosotros o nos gustaría que nos pase o encontramos la clave de lo que nos está sucediendo.
Al final, en esto de escribir y de leer, se trata de coincidir. Toda la teoría termina resumiéndose en ese verbo proveniente del latín formado por el verbo “incidiré”  - que significa “ocurrir”, “caer en”  - y el prefijo “co”.  Algo así como que nos ocurren las mismas cosas o caemos o estamos en el mismo estado y lugar.
Pero que en nuestro idioma, la palabra da lugar para referirnos a varias ideas afines. Porque coincidir  también es “concordar” o “estar en conformidad”.  Pero en literatura creo que las acepciones que mejor se prestan son las de “acoplarse o encajar con el otro”. Porque como digo, en esto de escribir y leer tiene que haber siempre una complicidad entre las partes.  Pero coincidir también puede ser usado como “Convenir o estar de acuerdo”. 
Por lo tanto creo que en este proceso de escribir y leer un mismo texto, hay siempre una decisión de Convenir y Acoplarse uno con otro, para que el tiempo, el momento, la circunstancia y la impronta de las ideas y sus personajes, se den en diferentes tiempos pero con igual sentido e intensidad como fueron escritas y necesitan ser leídas.
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viernes, 28 de febrero de 2020

LA CARA ES NUESTRO DIAPASÓN


Cuántas caras tenemos a lo largo de nuestra vida o de nuestro día. O mejor me pregunto, cuántas vidas tenemos a lo largo de nuestro día que se muestran – aunque no nos demos cuenta – en nuestra cara. ¿Es la cara un reflejo de algo que no vemos? O esta afirmación forma parte de esos mitos sociales que vamos construyendo sin saber muy bien por qué. Una  construcción hecha con el aporte imaginario de cada cual. ¿Tenemos una única cara? ¿Podemos diseñar nuestra propia cara? O solo debemos admitir o soportar la que nos va dando el momento, las circunstancias o la vida.
Una de las primeras cosas que dice el diccionario, es que es la parte anterior de la cabeza de algunos animales. Es decir, nosotros entre ellos. Pero también dice que es la superficie, fachada o frente de algo. Y en ese “algo” también podríamos estar nosotros. Porque el fin y al cabo, aunque gastemos tiempo y dinero en ponernos cosas encima, lo que cuenta es la cara con la que llevamos ese cuerpo vestido, que también se traduce como “nuestra humanidad”.  Entonces nuestra “fachada” no es el aspecto de conjunto – aun con toda su envergadura – sino ese espacio pequeño que tenemos en la cabeza.
A veces se me ocurre que la cara es como nuestro diapasón. Es el lugar donde se concentran todas las notas musicales y sonidos. Ese sitio en donde solo se manifiestan de vez en vez, en infinitas combinaciones. Por eso no siempre tenemos la misma cara. No siempre somos el mismo músico ni estamos en el mismo tema. Tampoco hacemos el mismo ruido. Porque no duplicamos expresiones, solo las expresamos de forma diferente. Aunque los fanáticos de la estadística usen nuestra cara estática y encorsetada  para hacernos un documento de identidad.
Nuestra identidad está en la cara, es verdad. Y es en sus rasgos generales donde se muestran algunos aspectos de la personalidad, el estado de ánimo, la salud corporal y psíquica y el prontuario de las causas justas o inútiles de nuestra vida. Pero todo eso no sale en una foto y menos en las automáticas de los registros policiales y documentarios. Todo eso que está cargado en la cara, solo aparece de vez en cuando y se modifica tantas veces, como circunstancias se den en el devenir diario de cada uno.
Hay caras memorables, esas caras que en nuestra memoria correspondan a otro, porque cuando nosotros tenemos momentos memorables no perdemos el tiempo en observarnos ni estamos pendientes de saber cómo nos queda. Muchas veces intuimos que en algún momento, nosotros también tenemos una cara memorable como la que recordamos de otro. 
A veces una foto nos revela la incógnita sobre nosotros mismos en el momento memorable. Pero después de la primera fracción de segundos en la observación, enseguida  nos llega la memoria de lo vivido, del hecho consumado. Y la memoria siempre es generosa con nosotros en el recuerdo de los momentos memorables. Nos pone en primer plano aquello que sabe que nos hará bien y nos incita a repetir (o sentir que repetimos) ese momento de cara memorable.
Hay tantas caras en nuestro repertorio, como emociones seamos capaces de tener. La cara es nuestro alcahuete que no nos deja especular en los momentos precisos. Sustraer de nuestra cara todas las expresiones de una emoción, no es un mérito nuestro. Solo es posible esconderlos por desatención del que se supone que te mira. Porque a veces y con más frecuencia de lo que suponemos, nos miran pero no nos ven. Así es como zafamos de mostrar algo que no queremos mostrar. Pero esta aparente ventaja general de ciertos momentos, se nos vuelve tristeza cuando reparamos que el otro, con quien pretendemos comunicarnos, ni se ha enterado del segundo decisivo que nos hubiera gustado que viera y así participar de esa emoción que nos hubiera gustado compartir.
¡Tantas vueltas tiene una cara! La tuya, la mía, la de los otros y la de los que nos pasan sin saber quiénes somos ni quiénes son. Cada cara es un preludio de una historia, una escena, un momento de vida que se podría contar pero no se cuenta. Solo es una expresión de los músculos de una parte de la cabeza que – al mismo tiempo – son el promedio general de todo lo que se está moviendo en el interior de esa persona. Esa cara que se manifiesta en el instante es tanto lo que dice, que podríamos invertir horas en escribirlo, contarlo o pensarlo.
Pero nunca hacemos eso. Para eso están los que escriben, los artistas que pintan o esculpen, los fotógrafos, los que filman o los que traducen caras a través de notas musicales. Lo que sí hacemos todos es llevar una o varias caras de alguien en la memoria, según el grado de huella que haya dejado en nuestra historia reciente o en nuestra vida.
Y aunque sea un poco más difuso representarla, también guardamos algunas caras nuestras. Las que pudimos registrar en un soporte visual o la que  suponemos que tuvimos en ese momento que no queremos olvidar. Así, de tal manera, cuando recuperamos de nuestra memoria una de esas caras, no es la cara lo que buscamos, es la emoción del momento y la secuencia previa  que ha producido esa cara  que queremos recordar y que guardamos celosamente en la memoria.
Si es por escribir sobre las caras, entonces puedo empezar hoy y no abandonar la tarea hasta el final de mis días. Por ahora solo quiero decir, que nuestra cara es el único testigo fiel que puede contar cómo estamos, que suponemos que pensamos y hacia dónde se supone que vamos. Todo en una fracción de segundos. Porque en los minutos siguientes, tal vez ya estemos en otro estado – no muy distinto al que estábamos – pero que el movimiento emocional de nuestra vida ya ha modificado.  



Imagen: sarmiento-cms / el jinete imaginario

jueves, 20 de febrero de 2020

TODO PASARÁ Y DE TODO TAMBIÉN


La foto es toda una parábola sobre Crónica de un Amor Intenso y Te Besaré a Quemarropa. El primero lo acabo de publicar y el segundo lo será dentro de poco. Los he escrito, es cierto. También y por suerte los he vivido. Ahora que están terminados y uno de ellos publicado, no puedo sustraerme al hecho ceremonial. Todo libro tiene su bautismo y ellos por ahora solo tendrán acta de nacimiento. Será este texto. Las fiestas quizá ocurran algunos días más adelante, en lugares diversos y distantes, cuando cada uno los lea, los disfrute y los comparta.
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Los he puesto en este mundo urbano que imagino como un bosque, que puede ser verde, fresco, amplio y generoso o puede ser áspero, inhóspito y  hasta tóxico. Yo anduve lo mío y los libros andarán ahora lo suyo. Les he puesto una escalera grande y alta para que lleguen lo más lejos que puedan en ese bosque.
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Me he ubicado al pie de esa escalera porque soy el que los va a impulsar, pero no subirá con ellos. Solo aportaré lo mejor de mí, para que sigan adelante. Y mi presencia ahora será esa de estar y no estar, que se me vea y que no se me vea. Será algo así como dejarse sentir, pero no ser la presencia absoluta. Nunca me gustaron los protagonismos y menos los excluyentes. Por eso me ubicaré en el trasluz. Quizá sea una forma inconsciente de protegerme de los comentarios jodidos o el ninguneo. No lo sé. Y tampoco lo averiguaré. Mi plan tiene otras ocupaciones.
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La decisión de publicar implica exponerse a los comentarios buenos y malos, a los dedos para arriba y para abajo, a los dedos índices rectos o retorcidos, a los que acusan, a los que te interrogan o te señalan sorprendidos, porque no encuentran concordancia entre lo que leen y quien dice que lo escribió.
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La decisión de publicar también me deja a merced de la respuesta tardía, al halago de circunstancia y al mensaje aséptico “Te deseo suerte”. Y también debe entrar en el cálculo de probabilidades, el silencio absoluto.
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La decisión de publicar me cargará de símbolos. Porque la sociedad en la que vivo – por su realidad e historia cultural – tiene códigos, definiciones y lecturas determinadas sobre la literatura, la poesía, los que escriben y los poetas. La decisión de publicar implica aceptar ese riesgo de ser incluido en algunos estereotipos, en clasificaciones que tal vez no comparta. Pero la decisión de publicar también es la voluntad de enviar un mensaje distinto a todas esas concepciones definitorias.
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También habrá sorpresas buenas, comentarios generosos y auténticos de gente conocida y de gente que no conoces. O expresiones favorables al libro y de aliento para seguir escribiendo de gente que no te lo esperas.
Quizás aparezca un músico que elija una de esos textos y los convierta en letras de un tema musical que se le acaba de ocurrir. Es posible que un día me sorprenda, porque alguien con una excelente voz, decida armar un recital con alguno de los poemas de ambos libros. Pero tal vez nada de eso suceda y se den otras circunstancias.
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La única certeza que tengo, es que los libros no serán confinados al silencio ni tendrán lugar en el baúl de las cosas innecesarias, banales y superfluas. Ambos libros contienen textos que quizá en el tiempo se conviertan en palabras anónimas porque no se registre quien las escribió. No sería justo, pero tampoco es una condena. Porque lo que he escrito, lleva como primeras consignas la de ser leído, sentido, pensado,   reflexionado y divulgado. Sobre todo divulgado. Porque lo que no se difunde, se comunica, muere lentamente de muerte injusta. Y en este caso, es más importante la palabra, el verbo, la frase y sus entornos, antes que el autor. 
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Todo pasará y de todo pasará. Y yo seguiré escribiendo tal como dice el poema Escribiré de Crónica de un Amor Intenso. Esa es mi única y auténtica realidad.    






Foto: sarmiento-cms / el jinete imaginario

viernes, 31 de enero de 2020

¿CUÁNTOS AÑOS TENGO?


Me gustaría que fueran 20 y mejor todavía que fueran 30. Pero tampoco me quejo si son 15 y me apena pensar que son menos de 10. Dicen que Galileo Galilei explicó en cierta ocasión, que la verdadera edad es la que tenemos por delante y no los años transcurridos desde el nacimiento. Esos ya los gastamos. En la historia o cualquier otra ciencia social, la edad no es más que una cronología. Pero en la condición humana, la edad es un espacio atemporal de recuperación del pasado y construcción del futuro.
Suponer la edad por lo que nos queda por vivir, genera las tensiones de lo desconocido. Pero no tiene nostalgia ni melancolía. No hay tristezas por lo que no se va a recuperar. Pensar la edad según la probabilidad de futuro,  solo es posible en términos de quimera. Pueden llamarlos deseos también o esperanzas y si prefieran, calzarse la edad como una utopía. Pensar la edad así, obliga precisamente a pensar y luego cargarse de estrategias para apuntalar esas ideas que se van juntando con los días.
En cada aniversario del nacimiento, siempre hay una vocación de refundación. Y se venera la edad pasada como algo necesario para pensarse, definirse, criticarse, recomponerse y desafiarse. Cada aniversario lo vivimos como un nacimiento. En la cronología de las horas de ese día, se acumulan propuestas, deseos y buenas intenciones. Se festeja la lluvia de pensamientos generosos. Y al final, el cuerpo queda  vestido con ese traje transparente llamado ilusiones y la convicción de que algo bueno sucederá. Cada aniversario es un acto de fe consigo mismo.  
La edad del documento es otra cosa. Los años vividos ya sé que no los tengo. No se han ido. Solo han pasado y cada uno de esos años está en algún lugar de la memoria y se turnan generosos para llamarme de vez en cuando y decirme que están ahí y tienen cosas que contarme. Porque los años pasado siempre tienen cosas nuevas que contar.  Mientras pensamos que ya no tenemos más conclusiones, ellos saltan de algún estante de la memoria, corren apresurados, se colocan frente a mí y me muestran una leyenda: “Hay más”.
Muchas veces dudo al atenderlos, desconfío o más bien me siento temeroso. Ya saben… Los recuerdos son esas armas de doble filo con las que te puedes cortar si no eres precavido y los usas con cuidado. Porque los recuerdos – en última instancia  - no son otra cosa más que un viaje al interior de uno mismo. Y no siempre o cualquier día estamos preparado para hacerlo. Pero en los aniversarios del nacimiento, uno siempre está más dispuesto a las osadías. Aceptar el reto de la memoria, es una de ellas. Pero como toda osadía, la decisión tiene esa carga de audacia, deseo, inconsciencia y cautela temerosa por lo que pueda suceder. Todo bien mezclado para que las sensaciones no se puedan diferenciar.
Cada aniversario de la apertura a la vida, los años pasados querrán decir sus cosas. Es natural. Pero en el vocerío de hoy, mientras los años dejan, sobre la mesa donde escribo, cientos de historias, solo quiero decir algo: “Estoy feliz de cumplir años”. Porque es importante saber cuál es mi sentencia, la que he elegido para este día, entonces empezar así, el recorrido sobre esos años pasados y las conclusiones que dejan sobre la mesa.
Estoy feliz de haber llegado hasta aquí, haber hecho el recorrido que hice, de no haber renegado nunca de mis ideales, de tener el entusiasmo intacto como el primer día y que las derrotas no me hayan sumido en la melancolía.
Soy hombre de quimeras, pero no me gusta ni quiero perderme en ellas. No soy persona que se deje llevar a las nubes por las ilusiones. Mi decisión siempre es estar afirmado, bien sostenido en el suelo que piso, a donde pertenezco, y preparado para dar el salto.
Hago esfuerzos por mantener intacta la confianza en mi persona. Aunque no siempre lo logro. Solo eso. Trato de reconciliarme en todo momento con mis pares. No me refiero a los que piensan igual que yo. Me refiero a las personas con las que disiento, pero llevamos el mismo objetivo como horizonte.
Imaginé y puse mi esfuerzo por construir un mundo mejor del que tenemos. Pero no soy necio y puedo reconocer que, en el que vivimos, tiene infinidad de progresos respecto del pasado. No creo en el nihilismo que todo lo achata. Es falso que nuestro mundo es peor que el de hace 50 años o un siglo. Nuestro mundo hoy nos parece insuficiente y limitado, sencillamente porque hemos crecido y no nos conformamos con lo conseguido. Pienso en el conjunto de la vida como un hecho social. Pienso en el hombre en su constante afán de superación. Cuatro imbéciles con ambiciones de poder (aun ejerciéndolo) no son nada, comparado con el irrefrenable camino de la humanidad hacia un mundo más simple, más generoso, más solidario, más sustentable y amigable con la condición humana.
En todas esas luchas del progreso humano he tratado de estar. También estuvo en muchas de las derrotas. Pero cualquiera que sea el balance, quiero decir que me siento feliz de haber estado, de haber participado.
Ahora, con algo de distancia sobre los acontecimientos importantes de mi vida, solo pienso en una cosa. El sol mañana aparecerá despacio en el horizonte del río y me hará la misma pregunta: ¿Cuáles son tus desafíos de hoy?
En nombre de los amores que tengo y para corresponder al alma inquieta que llevo dentro, estoy obligado a responder: “HOY ESTARÉ UN POCO MÁS ALLÁ DE LAS ESPERANZAS”.
Será así, mientras “Mi Entusiasmo” esté dispuesto a ser de la partida.
... 


Foto: sarmiento.cms /el jinete imaginario


miércoles, 15 de enero de 2020

ES PRECISO DECIRLO


Lo que haya que decir, que sea claro por favor. Esa es la consigna que se desprende de otra idea. Decir Te Amo. 
Siempre que tengas algo que decir, dilo fuerte, sin miedo, sin balbucear, respirando con normalidad, aunque a veces se le pueda poner algo de fervor y entusiasmo.
Siempre que tengas un sentimiento verdadero, no te lo guardes, comparte. Porque compartir es la energía que necesitamos a diario para saber que tenemos necesidad del otro y que ellos necesitan de tu aporte también.
No dejes nunca de decirle a alguien que lo quieres. No seas egoísta. No tengas miedo ni te escondas. No te dejes atravesar por la cobardía. No es un sentimiento noble y por lo tanto no te calza bien. 
Amar, querer a alguien, pensar en esa otra persona, tenerlo dentro de tus preocupaciones y acunarlo, aunque más no sea con el pensamiento, les hará bien a cualquiera de los dos.
Saber que te aman es una de las cosas más maravillosas e inexplicables que una persona pueda vivir.
Amar, si ya te ha ocurrido algo parecido alguna vez, ya sabes qué significa para vos. Decirlo, gritarlo, es una obligación para con el sentimiento, con la persona amada y contigo mismo.
Que la muerte no te pille con ese secreto dentro.
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Foto tomada de la Red. Autor desconocido. Se agradece información sobre autoría. 

martes, 31 de diciembre de 2019

CARTA AL TERCO AÑO NUEVO


Todo el mundo le pide algo al Nuevo Año, entonces pienso:
¿QUE LE PUEDO PEDIR YO?
Estoy un poco cansado de pedirle a este terco, sordo y poco reflexivo llamado "Año Nuevo". Parece que hablamos idiomas diferentes o no me explico bien o no me quiere entender o vaya uno a saber qué corno le sucede, para que todos los años me obligue a recordarle las mismas cosas.
Así que este año me declaro en situación y estado de RECLAMO CONTINUO.
Me cuelgo el cartel de “Rebelde” y le agrego otro que diga “Continuado”. Como en los viejos cines de barrio de hace tiempo y allá lejos.
Lo que si le advierto a este cabrón que nunca cumple, es que me declaro en mis plenas facultades mentales y re marco que estoy en ESTADO DE MEMORIA ACTIVA Y EFERVESCENTE.
Para demostrarle que no amenazo sino que cumplo, le advierto al "Año Nuevo" y su inconmensurable sordera y apatía, que voy a seguir manteniendo la misma voracidad por el conocimiento que he tenido toda la vida.
A eso le voy a agregar una costumbre que mis nietos han vuelto a poner en mi escena y que yo tenía casi olvidada:
Te advierto "Año Nuevo" que voy a recuperar EL ASOMBRO y LA CURIOSIDAD.
En una de esas descubro porqué todos los años te tengo que repetir las mismas cosas. Ya he aprendido que practicas el deporte de dejar las cosas pendientes para el "Año Próximo".
¡Pero ya lo sabes! No te lo voy a volver a repetir.
Tal vez para Reyes, quizá te haga un recordatorio.
Solo espero no tener que acordarme de todos tus parientes a mitad de año porque - como siempre - vas atrasado en tus compromisos.
¡He dicho y no te lo voy a repetir!
Todos los años, al final de diciembre, repetimos la ceremonia de los deseos, voluntades y compromisos para el año próximo. Por la reiteración de algunos pedidos, pareciera que hay un problema de comunicación entre el Año Nuevo y quienes nos entregamos a él sin remedio. Es un camino inexorable. Quizá la ceremonia, el ritual pagano del calendario, exige nuestras peticiones y que dejemos las incredulidades en algún armario hasta los próximos meses.
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Graffiti, Arte callejero. Imagen de autor desconocido tomada de la Red.  

jueves, 5 de diciembre de 2019

DESNUDOS EN LA IMAGINACIÓN


La  primera vez que un humano se cubrió con un paño de cuero o fibras, no lo hizo por pudor, sino para provocar la imaginación de quien lo estaba mirando.

Tal vez la manzana de la historia bíblica, no sea tal manzana y no haya existido nunca. La famosa serpiente, que tan malos comentarios ha recibido a lo largo de la historia, quizá tampoco sea verdad. Y todo eso, no sea más que una metáfora o alegoría de los deseos generados por un simple acto de prohibición. Tan simple, como potente su poder devastador. Porque abrió la puerta a la sexualidad.

A partir de entonces, el cuerpo no sería jamás el cuerpo que vieron y palparon por primera vez, sino el objeto perfecto para la consumación  del placer inducido por la imaginación. Porque en esta actitud, esta decisión de imaginar, las puertas son tan grandes como el cielo. Todos pueden entrar. Solos o acompañados, de a uno o todos juntos también y al mismo tiempo.  

Quizá el mayor enemigo que tenga el nudismo contemporáneo, no sea el pensamiento moralista tradicional. Los verbos “Sugerir”, “Insinuar”, “Incitar” o “Inducir”, como prólogos al relato interno personal son, sin duda, enemigos mortales de la absoluta desnudez como primer encuentro,  como primera vista, como primer tacto entre las personas.  

El nudismo sin vueltas ni pretensiones especiales, mata de un solo golpe de realidad, todas esas intenciones previas que encienden el sexo. Una realidad formada por líneas y volúmenes concretos, a los que se puede llegar sin preámbulos. Nada sorprende. El asombro es solo un latigazo de luz que se disipa en el instante. No hay historia, no hay relato, no hay expectativa, no hay incertidumbre, no hay miedos.

El desnudo directo, sin estados intermedios, rompe de cuajo con todo eso. Fulmina el pudor. Lo coloca en máxima tensión hasta que estalla. El cuerpo sin sexualidad abandona el primer plano y se naturaliza en el entorno, formando parte de la secuencia de vida diaria, hasta perderse en la intrascendencia. El cuerpo así, es solo un traje, una vestimenta, más o menos sincera, que muestra algunas señales de la vida personal de cada uno. Pero no mucho más. Sin sexualidad no hay ninguna propuesta, indicio ni posibilidad de lectura interior. El cuerpo es un almacén de servicios.

Para restablecer la naturaleza humana, los nudistas ocasionales deberán apelar, entonces, a los sugerentes límites de las dudas sobre lo que se puede  y no se puede, lo que se quiere y no se sabe si se podrá conseguir y en qué momento. Porque hay límites que no son necesariamente prohibiciones. Solo son ejercicios de lectura, elementos de doble filo, obstrucciones que interpelan, desafían, incitan a transgredir.

Abandonar el hecho fáctico del cuerpo expuesto sin más, es una condición necesaria de la condición humana. No hacerlo, es instalarse en el instinto sin pensamiento ni sentimiento. En los cuerpos desnudos la condición humana solo se revela por su capacidad de interpelar.

Sugerir las líneas de interpelación entre los cuerpos, es el primer eslabón de un relato mental de mayor peso que los propios cuerpos. El cuerpo ya no es, entonces, un objeto utilitario sino un instrumento cuyas partes son el instinto, el pensamiento, el sentimiento, lo racional, lo irracional, lo real, lo onírico, lo supuesto y lo concreto.

Ese instrumento llamado cuerpo puede ejecutar así, una partitura que no está escrita, sino que se va escribiendo en un pentagrama de gestualidades.  Sucesiones puntuales, anárquicas y encadenadas de momentos clave que se manifiestan en la movilidad de las manos, el cruce de las piernas, las  diagonales de los brazos sobre el torso, la inclinación de la cara, la movilidad de los ojos, el ángulo entre el cuello y los hombros o la exposición, en giros fugaces y audaces, de una parte esencial del torso. En cada movimiento hay un límite que puede traducirse como prohibición o incitación. Y todo junto produce necesariamente una excitación.

Pero para eso, previamente, hay que pactar la complicidad de los cuerpos, para que ambos sean instrumentos en una misma orquesta. Una orquesta sin dirección, que nunca sabe cuál será la melodía final. La música y la partitura inexistente, la palabra en un relato sin comienzo ni final, la escena en escenarios improvisados y circunstanciales y los actores que no saben si son actores, son apenas las partes visibles de algo más profundo que no se sabe cómo se llama, pero se sabe que solo es posible por la capacidad de imaginar. Sin ella, los cuerpos no son nada.  



Imagen tomada de la red. Se agradece información para consignar la autoría.   

miércoles, 6 de noviembre de 2019

EQUILIBRIOS DESEQUILIBRADOS


Generación tras generación se fue acumulando la idea de  equilibrio. Luego se fueron sumando capas y  capas de ese “Sentido Común”   cargado de instrucciones sobre el orden, el crecimiento y la abundancia. Y más tarde se  naturalizó la idea de que el crecimiento se mide por la acumulación.  Algo así como una abundancia a la enésima potencia. Pero en ese raro sentido común de andar por casa, todo es posible. 
Por el método de reducir explicaciones y  aclaraciones innecesarias, los practicantes de ese “Sentido Común” llegaron a esta conclusión: “Si hay abundancia, entonces hay crecimiento. Si se dan los dos supuestos,  entonces hubo y  hay orden. A todo eso, se la llama equilibrio”.
Así se estableció un pensamiento reducido que, sin ninguna vergüenza, se denomina lógica elemental, En el devenir, se pudo elaborar un método para tener una primera imagen rápida de una persona. Mientras más cosas haya en una habitación, mejor será la economía del habitante. Y mientras más cosas ordenadas, según el criterio racional de orden, mayor será su educación y su cultura. Todo un  ejemplo de vida ordenada, cuando a la rutina cotidiana se le llama vida. Pero no dice nada del pensamiento de ese personaje ordenado.
Pero los equilibrios, a veces pueden desembocar en desequilibrios. Hemos crecido tomando como valor absoluta, que el sentido de pertenencia es igual  que el sentimiento de adherencia. No se puede pertenecer si no se adhiere. Toda oposición – aún aquella que no discute ni contrapone, sino que solo interroga – es condición necesaria para la exclusión. Quien no adhiere, entonces no pertenece. Y si no pertenece, entonces queda fuera, al margen o distante. Al poco tiempo, se le cuelga el cartel de excluido. En esa  grey, los que adhieren con devoción irracional, suelen llegar a dirigente entre los que pertenecen.
No indague, no cuestione, no se interrogue, no reflexione. Siga la flecha, no tuerza ni fuerce el orden. Llegará un día que la abundancia entrará por la puerta  y se podrá sentir satisfecho, por haber sido una persona que ha crecido en este mundo.  Esa es la  idea de equilibrio. El equilibrio solo se alcanza si se practica el sentido negativo de la acción de vivir. Olvídese de los Sí. Mientras respete los No, entonces llegará a la meta. No importa la meta. Los que pertenecen al mundo que usted pertenece, se encargarán de hacerle saber que “ha llegado a la meta”.
¿Por qué el sentido común deriva en meandros del pensamiento y circunloquios,  hasta situarnos en un laberinto sin salida? ¿Por qué a ese camino sinuoso se le llama equilibrio? ¿Por qué a esos laberintos que nadie entiende, se les llama “equilibrio”? ¿Quién le puse un corsé al sentido común?
En la austeridad hay equilibrio. Y en la pobreza, el desorden aparente, es el equilibrio que impone el caos. Un resultado forzado que termina  siendo armonioso. Porque el pobre quiere dejar de ser pobre y el caos pugna por encontrar un nuevo orden. Ambos se complementan y tiran para el mismo  lado. No se han  pedido señas de identidad. Solo acordar que  van en la misma dirección. Forzar la realidad e imponer otro orden.
Todos los caos – no importa la magnitud – se sustentan en una armonía que no vemos a simple vista. En esa armonía la que fabrica otra realidad y un nuevo sentido de equilibrio. La tierra surgió de un caos estelar. La vida surgió de  un caos biológico, de incidentes químicos entre elementos que nunca se reconciliaron, solo crearon otra cosa. Porque al fin y al cabo,  la vida no es un equilibrio sino un caos en armonía con quien la vive o la lleva puesta.  
Nuestra historia  revela que hay laberintos equilibrados y ordenados que  provocan extremos caóticos. A esas barrancas sin fondo visible, van a parar todos los que fueron excluidos del “Sentido Común” del equilibrio. Ese que se  construye en base a la acumulación y el orden racional de los objetos. Ese sentido universal de la negación, que todo lo seca, todos lo aprieta, lo asfixia, hasta  estrangularlo.
Los excluidos son los que abandonan y se abandonan, dice la sentencia. El verbo abandonar aquí, solo tiene referencia en el verbo acumular. Quién no acumula, se abandona. Y de aquí, hay un solo paso para afirmar que quien no acumula es pobre. Y quien es pobre es porque se abandona. Por lo tanto es el único culpable de la exclusión.
Pero al abandono no lo producen la pobreza ni la austeridad. Lo produce la derrota emocional y la quiebra del pensamiento racional, que no encuentran nada hacia adelante ni alrededor. El verbo excluir y la palabra excluido, llevan incorporado la clausura del horizonte. Al menos el factor emocional que permite ver el horizonte.
Hay equilibrios que solo producen desequilibrios entusiastas y desequilibrados fanatizados. Los desequilibra el fanatismo por el equilibrio. Tal vez el único equilibrio que debiéramos considerar es el del “Sentido”. Podríamos ahorrarnos eso de “Común”.
Dejemos que los sentidos con los que está dotado un ser humano, actúen en consecuencias. Perciban, interpreten, escuchen, traduzcan, informen, toquen, huelan, se carguen de dudas y vuelvan a poner en funcionamiento sus mecanismos. Casi con toda seguridad,  de todo eso resultará algo que se llama pensamiento. No se puede garantizar que sea equilibrado. Pero sí será armonioso entre el que lo piensa,  su entorno y un poco más acá. Y tal vez tenga algo más que ver con ese más allá que se llama horizonte o futuro o porvenir o lo que sea que el tiempo diga que tiene que suceder.
Dejemos que el mensaje y el mensajero, sea el Hombre y no las Normas.
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Imagen tomada de la Red. Se agradece información para consignarla. 

martes, 22 de octubre de 2019

¿EXPRESIÓN…? EXPRESIÓN, IMPRESIÓN


Siempre hay un tiempo para la expresión. Las formas por las que aflora ese magma cargado de intenciones,  frustraciones,  deseos, encuentros, caídas, desencuentros,  quimeras, ausencias,  encuentros, fervores del alma, ardores del pensamiento, son infinitas. Hasta las enfermedades, infecciones, intoxicaciones, emiten una primera señal que se llama fiebre. Así también la expresión es una especie de fiebre de ese mundo entre lo mágico y lo racional, entre lo real y lo imaginado que todos llevamos dentro.

Hay expresiones que son decisiones. Otras que  son contingencias. Otras  que son necesidades. Y algunas otras que son vaguedades. Todos buscamos algo en algún momento. Y también  buscamos un cauce para lanzar el caudal que todavía no es río.  Todos hurgueteamos en alguna parte de nosotros mismos, para encontrar recursos, energías, herramientas y razones que nos expliquen por qué queremos expresarnos y qué queremos expresar. Luego, sin impresiones.

Técnicas diversas, causas contrapuestas, razones en conflicto, imaginación rampante que se desboca y produce algo. Desde el origen, a ese algo se le  llamó arte o expresión artística. Pero en mi caso, solo me quedo con la palabra “Expresión”. Y si algo le tengo que agregar, entonces es la palabra “Impresión”. Lo de “Arte” es una forma ambigua de referirse  al hecho. Es hoy un término ajado, que solo sirve para las teorías clasificatorias de los estudiosos y analistas del fenómeno. Lo de “artística” en cambio, es una cursilería y banalidad que se usa como elementos social para agasajar y quedar bien.

Si alguna “Expresión/Impresión” es arte o  no, si responde a los códigos y cánones del  sistema de análisis y calificación, es algo aleatorio. Porque tal vez hoy  no lo sea y mañana sí o viceversa. Es la comunicación y la adopción del  mensaje hasta su transformación, lo que trascienden más allá del autor. Ese ensamble de lecturas, ese espacio inmaterial y atemporal donde se dan rupturas y reconstrucciones en  la mente y los sentimientos a través de los sentidos, ese espacio particular indefinible, ese es el lugar donde cualquier  trabajo de cualquier autor, logra su consumación. Sin comunión comunicativa, sin conjunción de asombra y expectativa,  sin descubrimientos y lecturas diversas, no hay nada. Solo momentos decorativos y de entretenimiento. Solo licencias estéticamente agradables para el pensamiento. Solo momentos que se esfuman como el  humo de un cigarrillo, al abrir una ventana de improviso.

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"Trabajando". Foto de David Maialetti. Philadelphia.


jueves, 17 de octubre de 2019

QUÉ CULTURA ES ESA CULTURA


El sistema produce una cultura. Y nosotros estamos dentro de esa cultura. Hay quienes  piensan, sienten, que es la única posible. Asocian la idea de paz, felicidad y bienestar a esa cultura. Otros,  la  interrogan, la cuestionan, ponen  en duda sus valores, crean sistemas alternativos, se rebelan.   Pero qué cultura es esa cultura.
Mientras cada uno  disfruta o se rebela, el sistema sigue produciendo cultura. “Su Cultura”. Una cultura  que se origina en las usinas propias del poder y no en el corazón de la gente que la  vive,  sobre la que influye, la determina, la  condiciona y le  marca rumbos. Miles de medios informativos, de entretenimiento, sistemas de esparcimiento, la difunden como valores. Unos valores con apariencia de universales, establecidos, inamovibles, ancentrales y originales. Todo es aparente. Pero la generación de esa cultura y su divulgación,  deja la sensación de “Real”. Se repiten los mensajes, llamados y convocatorias hasta que la gente  cree que esa cultura es “Su Cultura”, la única cultura.
Esa cultura también es “Su Cultura” para quienes se  oponen, quienes cuestionan,  quienes la interrogan y se rebelan. Cientos de formas alternativas son usadas a diario para expresar el malestar, los reclamos y los ensayos de posibles, probables e improbables cambios. Hay expresiones de revoluciones profundas. Pero son solo expresiones que no cuajan en los hechos. Son expresiones que quedan como símbolos, íconos o mojones del momento en que se expresan. Son sellos de su tiempo. Son definiciones generacionales. Son huellas sociales de la diversidad. Son marcas de resistencia.
Muchas de esas propuestas, reclamos y ensayos terminan siendo tragados en el tiempo. El sistema cultural tiene su casillero de “Anonimato”. Algunas pocas ideas terminan incorporados al  corpus  de la cultura que produce el sistema. Así, se crea la aparente ilusión de que la cultura del sistema ha sido modificada. Entonces los oponentes del sistema sienten que  han logrado una victoria. Pequeña, pero victoria al fin. Y en cierto modo, se crea alguna empatía entre el sistema, “Su Cultura”  y la crítica.
Desde hace algunos siglos vivimos bajo el paradigma del  “Consumo” y la “Mercancía” como ícono central del pensamiento. Todo se vende, sobre todo las ideas. Quiero pensar que el acto de vender  surgió de  un pensamiento solidario por satisfacer la necesidad del otro. Pero no puedo desconocer que la venta generó una ganancia, que dejó en el vendedor una gran satisfacción. Podría tener otras cosas, que solo tenían lugar en la imaginación y el deseo. Las tres sensaciones (satisfacción, imaginación y deseo) suelen ser un narcótico sutil, que las mentes pequeñas traducen como avaricia. No importa si es emocional, sentimental o material. El asunto es que es avaricia. Deseo de poseer y acumular. Ambas cosas son obligatorias para los interesados en tener más de lo que necesitan o tener lo que no necesitan, pero lo tienen ellos y no los demás. El pensamiento así expresado, es casi la definición previa de un robo.  
En la vida cotidiana, todos sabemos que donde hay cosas que se venden, también hay cosas que se roban. La venta y el robo son consustanciales, se complementan y cuando existe una, obligatoriamente existe el otro. En ese mundo, las ideas y el pensamiento son las primeras víctimas, aunque no haya tiendas de ideas o escaparates de pensamientos ni vengan en colores,  clasificados por tallas. Las ideas son como las bacterias. Es el germen de otras cosas que veremos en el tiempo. Por eso se roban. Porque es una “bacteria” que lleva en  su interior alguna clave del futuro.  Y futuro es la gran quimera humana, al tiempo que genera desesperación por predecirlo, fabricarlo, moldearlo, determinarlo y hasta vivirlo antes que suceda. Todos se dirigen animados hacia algún futuro, pero en la desesperación por llegar o en la espera, obligan al futuro a hacerse presente. Y en ese momento lo asesinan. Así es como se produce el robo de ideas. A esas “bacterias” se las roba para matarles el gen de futuro que llevan dentro. Las ideas son “bacterias” extremadamente frágiles, fáciles de combinar o de contaminar. Por ese atributo,  el sistema que produce cultura, la prostituye y la convierte en una mercancía que se puede consumir. Esa idea (esa “bacteria”) ya no tiene el gen de futuro. Es una mercancía, es un fósil, que se puede consumir. Así se consuma el robo. Un robo que luego se vende.
La gente sencilla y corriente también produce cultura. En sus casas,  las calles,  los pueblos, las ciudades, en el campo y en los lugares más remotos de la geografía. Pero esa cultura no se ve. El conjunto del cuerpo cultural que la gente produce en forma anónima,  desinteresada y por la dinámica propia de la vida y sus necesidades primarias, nunca lo vemos. En  forma fragmentada aparece en el aparato ideológico de divulgación que tiene armado el sistema. Nuestra percepción sobre esa cultura es atomizada. No disponemos de medios materiales para verla. Carecemos de un criterio para valorarla. La cultura popular solo se mantiene en pequeñas comunidades, que tienen la firma convicción sobre sí mismo y sus valores. Es casi una condición de resistencia para no ser arrasados. Sus valores están siempre en pugna con la cultura del sistema y en no pocas ocasiones son vencidos.

El “Uso” y el “Abuso” son atributos de la “Mercancía” y condición necesaria para el que produce bienes y necesita como el agua,   sostener la idea central del “Consumo” como causa que unifica los deseos, voluntades y posibilidades de la gente. Esos dos aspectos trabajan silenciosamente en el interior del sistema cultural. Van creciendo en la misma medida que crecen las personas. A  más edad, más “Uso” y “Abuso”. En el mundo gentil y vaporoso, a los dos conceptos se les cambia el nombre y se los menciona como “Necesidad”.  Todos sabemos que las tres palabras son cosas distintas. Pero el sistema las ha homologado como sinónimos. Una mentira. Se dirá que es inocente, solo con  la intención de acotar las expresiones. Otra mentira. Y si seguimos, hay un montón de términos que en el sistema cultural del sistema, han cambiado de significado.  
Así, construir el edificio de la cultura  ha sido más fácil, porque se  han usado atajos y se han confundido o tergiversado los valores que dice tener, fomentar o sustentar. Entonces “Ser” y “Tener” han terminado siendo sinónimos. Todos sabemos que no lo son. Cuando escribimos,  leemos o analizamos los hechos y la vida de los  otros, aplicamos las distinciones de los términos. Pero en la vida personal no. Porque si elegimos y admitimos  que los términos son sinónimos,  entonces nos ahorramos el debate personal, interior,  reflexivo sobre quienes somos. Y las dudas las resolvemos en las tiendas o en los mercados o en los bancos. Mientras tanto el “Uso” y el “Abuso” van creciendo con nosotros. Y como nos sienta bien lo de los sinónimos, entonces preferimos llamarlo “Necesidad”. Pero si se trata de otro, entonces no hay sinónimo que valga. Es un “Uso” y “Abuso” en toda regla. Es decir, la cultura que produce el  sistema nos ha regalado otra de sus premisas básicas: el doble lenguaje,   el doble razonamiento, el doble pensamiento, el doble rasero, el doble sistema de valores.
La dicotomía, la doble faz, la doble versión, son consustanciales a la cultura que produce el sistema. Esa cultura no puede presentarse en su integridad. Necesita del eufemismo porque no puede confesar la verdad sobre los valores que defiende. No puede decir que los valores, los sentimientos, las emociones y los compromisos sociales y raíces de pertenencia, son “Mercancías” puestas en circulación para que la gente consuma. El sistema funciona con sinonimias,  eufemismo y metáforas. No puede ser concreto.  No puede decir la verdad. Necesita mentir para sobrevivir. Pero tampoco puede decir que miente. Entonces usa términos como “metalenguaje” y “pos verdad”,  para no decir que miente.
El sistema cultural ha prostituido a la metáfora, uno de los principales argumentos de la poesía. La ha puesto en otra función. La ha disciplinado como una función comercial a través de la propaganda y publicidad. La ha despojado de su valor literario y disparador del pensamiento. Al mismo tiempo ha vulgarizado la poesía. Metáfora y Poesía son elementos cruciales para el crecimiento de la vida y el pensamiento. Es de lo mejor que ha producido la capacidad humana. Es  un producto diferencial entre  las especies. Pero se han cambiado los significados y con  ello se ha oscurecido y confundido la comprensión de los hechos.
Se llama “Sensaciones” a las respuestas mecánicas de la gente, ante las acciones de provocación  emocional que el sistema produce a diario, a través de  su aparato ideológico de comunicación y entretenimiento. Una mentira. Esas “Sensaciones” son reacciones involuntarias. Esas “Sensaciones” no tienen emoción ni sensibilidad. Son efectos  tras una inducción pervertida. Pero para  el  sistema cultural, cumple  la misma función que la “Metáfora” poética. Es la cuota necesaria de emotividad,  que permita esconder la mecánica sistemática de vida, cuya principal característica es ser anodina,  anónima, disciplinada y neutra. Lo que el sistema llama “Sensaciones”, son mentiras asignadas al comportamiento y la comprensión de la gente sobre tal o cual hecho o acontecimiento. El sistema cultural funciona como un sistema radial de hongos producidos por la humedad en una pared.
En este esquema perverso de reversión de ideas, palabras,  frases y razonamientos no es sencillo ser rebelde. No es fácil cuestionar la cultura del sistema y sostener, al mismo tiempo, un esquema de pensamiento que no esté afectado de doble discurso, de doble faz.  La coherencia y la honestidad intelectual no son atributos naturales del ser humano. No vienen en el ADN. Ambas cosas son una construcción personal y colectiva. Pero si el paradigma colectivo es el opuesto, entonces esa construcción se vuelve más difícil y – con frecuencia – oscila en reflujos de avances y retrocesos hasta alcanzar algún punto de solidez, desde donde se puede continuar. Algunos lo consiguen y siguen adelante, otros lo consiguen y plantan bandera definitiva y muchos otros abandonan.
Parecer rebelde es relativamente sencillo. Se trata  de usar un lenguaje opuesto y mantener usos y costumbres que desentonen del uniforme social establecido por el sistema cultural. Se trata de hacer o producir cosas que contradigan el sentido común, pero que no lo cuestionen en su tronco y raíz. Ya se sabe que toda afirmación necesita de una refutación para volver a afirmarse. Todavía no está claro si parecer rebelde es  una bendición, que ha recibido el sistema para garantizar su sobrevida,  o  un invento del propio sistema, como anticuerpo necesario para matar la verdadera crítica.
Es posible que un rebelde aparente haya tenido en su comienzo, una auténtica convicción de interpelar al sistema y de proponer un cambio de paradigma. Pero la tarea no es fácil ni bien empieza la andadura, por eso no es condenable el abandono. Lo patético y nocivo es convertirse en una caricatura irónica de la persona con convicciones, que interpela a la sociedad y su cultura desde el pensamiento y la honestidad. No es  posible interpelar a la sociedad y revertir su sistema cultural si se mantiene el paradigma de que “todo se vende”, “todo es asequible a través del consumo”, incluso la protesta. Si los paradigmas personales  siguen siendo el “Uso” y el “Abuso” de bienes materiales y emocionales, además del consumo y la venta de ideas, pensamientos y valores, entonces la crítica y los reclamos se hacen con las mismas armas que el sistema, entonces la tarea es estéril.  Cuando los actos, pensamiento y valores de  conducta son los mismos de esa cultura mediada entre  el poder, los medios de  comunicación y la sociedad, entonces  la crítica es vacía.
Nada cambiará, si en  lo personal seguimos siendo tributarios de la   cultura del sistema. Las acciones y la construcción de futuro no se definen por el  discurso o por el traje de escena, sino por el  sentido que se le imprima a los pequeños actos  de la vida cotidiana. El futuro se construye en cada minuto, en cada detalle. Y el resultado es la sumatoria de todos esos instantes. No puede haber un futuro diferente a lo que  han sido nuestros actos presentes. La coherencia temporal de las  ideas, es condición  necesaria e ineludible.
No  basta el traje ni el oficio. Porque escribir, pintar, cantar, enseñar, investigar, esculpir, aprender, hacer música, ser austero, observador de  las cosas simples y elementales de  la  vida diaria,  aplicarse en ellas,  aplicarlas al uso cotidiano, no son  cosas de  esta cultura. Eso es de siempre. En todo caso esta cultura y el sistema que la produce, se valen de esas artes, habilidades y comportamientos, para traicionar a través de esas técnicas, la  esencia de los valores elementales de  la condición humana.   Pero todas esas técnicas, artes y oficios son una herramientas invalorables en la construcción de  futuro. Son instrumentos que esperan ser usados para construir futuro. Una construcción que en perspectiva tenga al progreso, la solidaridad, la naturaleza, la conjunción y la vida como elementos claves complementarios,  necesarios y obligatorios.   
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Imagen: Grand Central Terminal. New York City. 1941