Mostrando entradas con la etiqueta Emociones. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Emociones. Mostrar todas las entradas

miércoles, 10 de agosto de 2022

SE APAGA EL DÍA

Se va la tarde
en un otoño de ocres, brillos y contraluz.
Se va el día en amarillos sigilosos.
Y yo que te llevo en la punta de la boca.
Y tú que me vuelas entre los ojos.
El atardecer es un hilo tenso, extendido, sin recorrido preciso, que se ovilla en el cielo y se desovilla entre mis manos cuando escribo: “en sus cabellos está la danza y sólo ahí baila la esperanza”.

Se va el aliento
entreverado con la brisa, suavemente mecido,
igual que las ramas de los árboles en ese camino
donde solemos agitarnos con un beso.
Se va el suspiro detrás de tu sonrisa.
Belleza feliz, luna desplegada, noche de pupilas frescas y festivas.

Se va el día
mientras celebro
el universo que contiene tu mirada.
Se van las horas.
Y te siento en todas partes.
Y te abrazo y no te abrazo.
Tú tan viento y yo tan árbol.
Yo tan verso y tu tan verbo.
Y algo nuestro volando en el camino, sin nombre y sin tiempo, que hemos llamado:
palabra – presencia  – amor – existencia”.
...













Foto César Manuel Sarmiento (@eljineteimaginario)


lunes, 1 de agosto de 2022

TODA ELLA

Se me ha dicho y advertido.
La metáfora es un tropo esencialmente poético,
en el polo opuesto a la razón y el sentido común.
Especulo y concluyo: Debe ser cierto.

Porque siempre he pensado
que ella era la metáfora perfecta
de la vida
que cualquier humano pueda imaginar
en cualquier tiempo, en cualquier lugar. 

Toda ella es una metáfora
en el sentido opuesto a la razón.
Un sin sentido,
Una feroz presunción de lo irracional.
Un atropello al sentido común. 

Toda ella es una metáfora.
No hay nada que no sea proverbial.
Es una mezcla de sabiduría del sentimiento
y percepción exquisita del secreto más oculto
del alma, de los días y las noches. 

Toda ella es una vida.
Toda ella son miles de historias.
Toda ella es el silencio
agudo, hondo y sonoro, replicante
de las conmociones internas. 

Toda ella es
esencialmente lo poético,
la poesía misma.
Toda ella es la metáfora.
y una sinrazón.


Imagen de Laura D (@lauradi_ph) 

viernes, 29 de julio de 2022

ME EMOCIONA QUERERLA

Me emociona quererla.
Me castañetean los dientes
mientras tiembla el hombre, su confín, su origen y los límites que llevo dentro.  

Me subleva su belleza
con su entorno, su universo, su interior y su propuesta.
No será para injuriarla sino para desafiarla.
No será para matarla sino para atravesarla y empaparme,
No será para maldecir sino para aflorar. 

Florecer.
Un pensamiento, un latido, un resoplar, un aliento perfumado de vida y un gemido que me permita ser eso mismo. La vida.
Igual a ella, solo vida. Flor de un día, infinito nocturno.

Me emociona.
He querido decirlo en un instante de redobles en el pecho.
Pero no se lo he dicho.
Porque temo que esa emoción se me vaya en las palabras.
Me emociona quererla.
Quiero quererla.
Y me asusta esa alegría.































-- 


Imagen obra de Pier Toffoletti 

jueves, 28 de julio de 2022

ENCUENTRO

Estas horas no son horas,
son espacios levemente erizados,
son lugares enternecidos,
son tiempos de escándalo clandestino.

Estas horas son horas
llenas de miradas, gestos e intenciones.
Estas horas son unos besos
que se derraman suavemente por los cuerpos. 

Estas horas son latidos
de lluvia reciente sobre el tejado,
de lluvia menguante sobre los corazones.

Estas horas son temblores
de sentimientos esparcidos, enardecidos,
de amores arremolinados entre las manos.





Imagen: obra de Rodolfo Ledel 

martes, 5 de abril de 2022

ABANDONA LA BALA DE PLATA

La realidad insistente me persigue con sus fueros. 

Y yo, siempre consigo esquivarla. Le pongo distancia y ella siempre se las ingenia por acortarlas, ella siempre respira mi aliento. 

 

Tengo una bala de plata para matar las tristezas, para agujerear las desilusiones, para perforar los desencantos, para destrozar los engaños, para liquidar las añoranzas. Pero no la uso todavía. A veces estoy a punto de hacerlo pero siempre pasa y pasa y pasa y no la uso. 

 

En eso que pasa, pasa tu beso como un viento sereno traído desde lejos, pasa tu beso como un río agitado, pasa tu beso, pasa el día cargado de imágenes alentadoras, pasa tu beso sobre mí y me dice:  “Abandona la bala de plata, ¡Súbete a mí! ¡Cabálgame! Te estoy esperando”.

 

Es así como le saco distancia a la realidad, es así como se alimentan los días y guardo la bala de plata para otra ocasión.

 

Es así como nos prestamos el uno al otro para hacernos de nuevo. Es así como sucede en otra realidad.



Imagen de Nicolás Roselló (@nicorosellophoto)


viernes, 28 de febrero de 2020

LA CARA ES NUESTRO DIAPASÓN


Cuántas caras tenemos a lo largo de nuestra vida o de nuestro día. O mejor me pregunto, cuántas vidas tenemos a lo largo de nuestro día que se muestran – aunque no nos demos cuenta – en nuestra cara. ¿Es la cara un reflejo de algo que no vemos? O esta afirmación forma parte de esos mitos sociales que vamos construyendo sin saber muy bien por qué. Una  construcción hecha con el aporte imaginario de cada cual. ¿Tenemos una única cara? ¿Podemos diseñar nuestra propia cara? O solo debemos admitir o soportar la que nos va dando el momento, las circunstancias o la vida.
Una de las primeras cosas que dice el diccionario, es que es la parte anterior de la cabeza de algunos animales. Es decir, nosotros entre ellos. Pero también dice que es la superficie, fachada o frente de algo. Y en ese “algo” también podríamos estar nosotros. Porque el fin y al cabo, aunque gastemos tiempo y dinero en ponernos cosas encima, lo que cuenta es la cara con la que llevamos ese cuerpo vestido, que también se traduce como “nuestra humanidad”.  Entonces nuestra “fachada” no es el aspecto de conjunto – aun con toda su envergadura – sino ese espacio pequeño que tenemos en la cabeza.
A veces se me ocurre que la cara es como nuestro diapasón. Es el lugar donde se concentran todas las notas musicales y sonidos. Ese sitio en donde solo se manifiestan de vez en vez, en infinitas combinaciones. Por eso no siempre tenemos la misma cara. No siempre somos el mismo músico ni estamos en el mismo tema. Tampoco hacemos el mismo ruido. Porque no duplicamos expresiones, solo las expresamos de forma diferente. Aunque los fanáticos de la estadística usen nuestra cara estática y encorsetada  para hacernos un documento de identidad.
Nuestra identidad está en la cara, es verdad. Y es en sus rasgos generales donde se muestran algunos aspectos de la personalidad, el estado de ánimo, la salud corporal y psíquica y el prontuario de las causas justas o inútiles de nuestra vida. Pero todo eso no sale en una foto y menos en las automáticas de los registros policiales y documentarios. Todo eso que está cargado en la cara, solo aparece de vez en cuando y se modifica tantas veces, como circunstancias se den en el devenir diario de cada uno.
Hay caras memorables, esas caras que en nuestra memoria correspondan a otro, porque cuando nosotros tenemos momentos memorables no perdemos el tiempo en observarnos ni estamos pendientes de saber cómo nos queda. Muchas veces intuimos que en algún momento, nosotros también tenemos una cara memorable como la que recordamos de otro. 
A veces una foto nos revela la incógnita sobre nosotros mismos en el momento memorable. Pero después de la primera fracción de segundos en la observación, enseguida  nos llega la memoria de lo vivido, del hecho consumado. Y la memoria siempre es generosa con nosotros en el recuerdo de los momentos memorables. Nos pone en primer plano aquello que sabe que nos hará bien y nos incita a repetir (o sentir que repetimos) ese momento de cara memorable.
Hay tantas caras en nuestro repertorio, como emociones seamos capaces de tener. La cara es nuestro alcahuete que no nos deja especular en los momentos precisos. Sustraer de nuestra cara todas las expresiones de una emoción, no es un mérito nuestro. Solo es posible esconderlos por desatención del que se supone que te mira. Porque a veces y con más frecuencia de lo que suponemos, nos miran pero no nos ven. Así es como zafamos de mostrar algo que no queremos mostrar. Pero esta aparente ventaja general de ciertos momentos, se nos vuelve tristeza cuando reparamos que el otro, con quien pretendemos comunicarnos, ni se ha enterado del segundo decisivo que nos hubiera gustado que viera y así participar de esa emoción que nos hubiera gustado compartir.
¡Tantas vueltas tiene una cara! La tuya, la mía, la de los otros y la de los que nos pasan sin saber quiénes somos ni quiénes son. Cada cara es un preludio de una historia, una escena, un momento de vida que se podría contar pero no se cuenta. Solo es una expresión de los músculos de una parte de la cabeza que – al mismo tiempo – son el promedio general de todo lo que se está moviendo en el interior de esa persona. Esa cara que se manifiesta en el instante es tanto lo que dice, que podríamos invertir horas en escribirlo, contarlo o pensarlo.
Pero nunca hacemos eso. Para eso están los que escriben, los artistas que pintan o esculpen, los fotógrafos, los que filman o los que traducen caras a través de notas musicales. Lo que sí hacemos todos es llevar una o varias caras de alguien en la memoria, según el grado de huella que haya dejado en nuestra historia reciente o en nuestra vida.
Y aunque sea un poco más difuso representarla, también guardamos algunas caras nuestras. Las que pudimos registrar en un soporte visual o la que  suponemos que tuvimos en ese momento que no queremos olvidar. Así, de tal manera, cuando recuperamos de nuestra memoria una de esas caras, no es la cara lo que buscamos, es la emoción del momento y la secuencia previa  que ha producido esa cara  que queremos recordar y que guardamos celosamente en la memoria.
Si es por escribir sobre las caras, entonces puedo empezar hoy y no abandonar la tarea hasta el final de mis días. Por ahora solo quiero decir, que nuestra cara es el único testigo fiel que puede contar cómo estamos, que suponemos que pensamos y hacia dónde se supone que vamos. Todo en una fracción de segundos. Porque en los minutos siguientes, tal vez ya estemos en otro estado – no muy distinto al que estábamos – pero que el movimiento emocional de nuestra vida ya ha modificado.  



Imagen: sarmiento-cms / el jinete imaginario

martes, 15 de enero de 2019

LA GRAN PÉRDIDA DE NUESTRO TIEMPO ES LA MEMORIA DE LA EMOCIÓN.


El tiempo de la inmediatez nos ha dejado huérfanos del placer. .
El rapidismo se ha llevado por delante el placer de vivir. Volver a vivir en lo inmediato, la emoción del instante fugaz que nos ha conmovido.
Todo es tan sencillamente veloz, que no queda espacio para el suspiro y la inspiración profunda. Esos breves movimientos del diafragma que llenan los pulmones de ilusión.
Cubren el cuerpo de innumerables puntos de emoción. Esa textura erizada que invade la piel y lo recorren en sucesivas sensaciones de frío y de calor. Producto de un breve estruendo de sentimientos, que no queremos que se pierdan, que se vayan. Y siempre pedimos que se repitan un poquito más.
Todo ocurre. Pero estamos ausentes. Instalados en la velocidad.
El repentismo ha copado nuestros sentidos. Ha estrangulado una parte de nuestros sentimientos. Y nos ha dejado ausentes de nosotros mismos.
Ausentes de nosotros mismos.
A veces. Y ojalá…
No sea para siempre.
...


Imagen de Quint Buchholdz .

miércoles, 8 de noviembre de 2017

ANONIMATO

No es la distancia lo que separa. Es el anonimato. Negar la existencia del otro. Esa es la distancia que separa. Eso no tiene medida universal. El reconocimiento, la memoria afectiva sobre el otro, no se mide. Condenar al otro al anonimato es la auténtica distancia. Así lo tengas al lado.
La distancia no es un sustantivo femenino. Es una palabra disfrazada de verbo, cargada de tiempos. La distancia es un tiempo, un espacio que no pertenece a nadie. Pertenece a la memoria de lo vivido. Es un caldo donde se cuecen las palabras, las ideas, los deseos de ayer, mañana, de pasado mañana, de un momento o el infinito. La distancia es el lugar donde se funden, a fragua suave y sostenida, lo imaginario y lo real. La distancia es una energía previa del encuentro. Es casi una condición del encuentro, del reencuentro, del descubrimiento y hasta del asombro.  Así, la distancia es el lugar perfecto del impulso.
No es la distancia lo que separa. Es el anonimato. Borrar de un golpe corto, preciso, certero, toda la historia. Eso es lo que separa. Dejar vacíos los espacios vividos. Negarlos. No verlos. No reconocerlos. Dejar el tiempo en un limbo, ausente, sin registro. Eso es lo que separa. Así se cortan de cuajo las emociones, el mundo sensible, los afectos, la memoria emotiva. Es el anonimato lo que separa. No tener registro del otro, desfigurarlo, disolverlo en el espacio, es la auténtica distancia. Así lo tengas al lado. 
.
.
© César Manuel Sarmiento
--------------------------------------------------
San Telmo, 23 de septiembre de 2017


Imagen de Wolfgang Suschitzky