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lunes, 8 de mayo de 2023

EL DÍA ES UN AROMO EN PRIMAVERA

Dicen que dicen, que dice Jung. “Hasta que el inconsciente no se haga consciente, el subconsciente dirigirá tu vida y tú le llamarás destino”. Pero vos no le llamás destino, le llamás poesía. Y no es el subconsciente  sino el inconsciente el que dirige tu vida.

Esa empecinada forma de ir contra corriente, de entender la vida y pensar en mañana, es lo que enamora, asombra, seduce y te enaltece. No es tu figura en sí. Es tu presencia. La proyección. Las sombras. La idea de futuro. Los entornos de la vida. Tu propuesta. Las formas de tus manos en el labrado sentido de la alegría. El lugar a donde miras. La sonrisa a media tarde. Tus labios en el beso de la noche. Tu palabra al amanecer.  La risa en el café. Cuando abrazas a la niña. Y la niña te sonríe. Cuando salís por la calle y el día es un aromo en primavera.

Eso es lo que enamora. Eso me confunde. Me deja en estado de perspicacia. Siento golpecitos eléctricos en alguna parte, chasquidos de cosquillas. Recuerdo las bolitas de la infancia y me siento dentro. Girar y girar. Memoria traslúcida de los caminos vítreos de entonces, rabiosos de colores,  enloquecidos de curvas. Exaltado, perplejo, dibujo en los papeles, escribo en las hojas de los árboles, en mis manos, en el aire. Le silbo al viento. Y me respondes. Canto hacia adentro y le pones música. Beso el cielo y me acaricias las mejillas. Me abrazas en los pliegues de tu cuerpo. Y te abrazo.

Al final ya sé que no es el destino. Es el inconsciente que nos lleva hacia el camino y nos hace andar veloces, zigzagueantes y amarrados como borrachos de nosotros mismos, como ovillos de tréboles y alfalfa que se enredan y se agrandan. El viento nos revuelve, nos da vueltas, nos sacude y nos empuja al pie de tu aromo donde siempre es primavera.

No sos vos ni soy yo lo que enamora. No es el destino. Es el amor… ¿Consciente o Subconsciente? No. Es el inconsciente. Es lo que nos lleva hacia arriba y nos sacude como un trapo entregado al viento.   

Sobre nosotros, también se dirá que “dicen que dicen”. Pero quizás entonces, para ese tiempo, ya no seamos nosotros los que fuimos.

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Imagen tomada de la Red de autor desconocido. 

martes, 2 de mayo de 2023

MOROCHA

Siempre pienso que el día trae venturas, acertijos, cuentos, leyendas y pequeños horizontes escondidos en algún lugar. Todo el secreto está en saber mirar, oler, sentir, esperar, investigar, descubrir el escondite. Esa tarea de la primera hora, cuando la mañana todavía no es hoy y el sol apenas se muestra, está llena de colores invisibles. En esa confusión y mezcla burbujeante de luces e imágenes, siempre apareces en el costado moreno del espectro. Levemente brillante, suavemente tornasolada y a veces en contraluz. Entre apariciones y desapariciones, voy descubriendo tu cara de morena clara, limpia, despejada, generosa, que me sugiere caminos, senderos y atajos, para que pueda encontrar lo que el día trae escondido en algún lugar. Por eso, cuando la mañana alcanza intensidad y se despejan las incertidumbres, entonces ya sé que ese día se llama Morocha. Igual que vos. 

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Imagen de @pincho2873. Modelo: Lola Colobine.(@lolacolobine)

martes, 13 de septiembre de 2022

EL VÉRTICE DEL VÉRTIGO

El vértigo de tu mirada es el vértice donde me conviertes en equilibrista.
En los vértices de tu sonrisa están las coordenadas 
donde encallan mis ojos,
donde se producen los eclipses,
donde se acelera la luz,
cierra la noche
y se abren
las horas felices,
los instantes tintos y amarillos,
los contrapuntos de enardecidas brasas dulces y naranjas,
que solo descansan en los breves momentos de tu parpadear.
 
Solo a través de tus ojos, 
en los vértices de tu sonrisa,
en el trapecio que forman con tu mirada,
en la suave ondulación de tu boca,
solo así
se alcanza el instante mismo del vértigo.
Se conoce la aceleración creadora de la vida,
la intersección de todos los eclipses,
la confluencia de todas las luces.
 
En ese momento preciso, inefable y contundente,
en que la vida se tensa hasta romperse pero no se rompe,
en que el silencio es la fuerza creadora,
es ahí donde florece algo en la profundidad,
donde el segundo, la fracción del segundo, es una historia eterna
que retumba hacia adentro y al mismo tiempo hacia afuera
en un bochinche de ecos persistentes.
 
Ese es el punto exacto en que mis ojos alcanzan la velocidad de vértigo y yo con ellos en el vértice del vértigo. 



Imagen de autor desconocido, tomada de la Red. 

viernes, 9 de septiembre de 2022

NO DEJES DE MIRARME

Te miro y no te miro
Entonces no te miro
Pero no puedo dejar de mirarte. 

Si me miras porque me miras
Si no me miras entonces por qué
No me miras. Mírame de golpe
Mírame suavecito con el costado
Pero no me mires como se mira siempre.
Pero no dejes de mirarme, por favor,
No dejes de mirarme. 

Porque aunque no pueda mirarte
Y no pueda dejar de mirarte
Quiero sentir el abrigo de saber
Que me estás mirando. 

¡Mírame, mírame!
Y no dejes de mirar
Abrázame con la mirada
Déjame quieto entre tus ojos
Te estoy besando con los míos.
Baja los párpados si quieres
Pero no me dejes
Porque no dejaré de mirarte
Y hacer el amor con la mirada. 
 
Mírame, reflejo de mis quimeras
Mírame mujer, por favor
Que te estoy mirando. Mirando sin duda
Porque te estoy amando. Amando sin duda.

Ph by Sascha Perlinger (@perlinger.portraits)

Model Sally Dee (@sallys.portraits)

lunes, 3 de septiembre de 2018

SOLO TIENES QUE MIRAR HACIA ADENTRO.


Escuché una frase que me impactó y luego me sorprendió. Dijo: “un libro es un objeto, por el cual podemos escuchar a los que no están a través de la mirada”. ¡Claro! Dije, luego de pensar unos minutos. Cuando leo toda esa sucesión de signos no hago otra cosa más que imaginar voces. Entonces recordé, se puso en evidencia, que mientras leo les cambio la voz a los personajes. Incluso siento que el escritor me habla en un tono diferente.

En fin, pura imaginación que yo tenía reservada exclusivamente a las imágenes. Siento el sonido del mar “En la costa de Valencia” y el aire fresco en “Regreso de pesca”, ambos de Joaquín Sorolla. Es muy fuerte esa sensación, porque las obras están en el Museo de Bellas de Buenos Aires, en una sala poco iluminada y un entorno radicalmente opuesto a un ámbito natural.

Recordé entonces que con el personaje de Nick Adams, en los relatos de Hemingway, yo tenía un trato casi de amigos. Y en cierto modo, alguna vez creí que me podía parecer al personaje de “Adiós a las armas” o quizá creía que me iba a enamorar como él lo había hecho. Si sabía y había sentido perfectamente las escenas, los ruidos, los tonos de voz, la respiración y las tensiones y emociones de “París era una fiesta”. Libro al que todo el mundo considera una obra menor, pero para un adolescente que quiere ser periodista es como la “Biblia”.

No voy a hacer una lista y contar todas las veces en las que los personajes estaban sentados junto a mí. Pero esa reflexión del comienzo es distinta. Es dialogar con ellos, saber que te están interpelando, que los podes tocar, están al alcance de tu mano, con el simple esfuerzo de saber mirar y escuchar el ruido interior que tiene la sucesión de letras, que son el camino que te lleva a donde el escritor y sus personajes te proponen y donde vos querés estar.

Ahora mismo tengo ganas de tomar café con Macedonio Fernández. Pero el bar La Perla de Once no está más. En el nuevo bar, la imaginación y las ilusiones son asesinadas sin piedad en la puerta, antes de abrir. Será entonces en el bar Británico o en el café de los Hermanos Cao. Se parecen al viejo bar La Perla. Los entornos ayudan, aunque no son determinantes como ya he comprobado con Sorolla.

Lo importante es que ahora sé que las letras también respiran. Igual que yo. Esos personajes también respiran igual que yo.  Lo sabía. Alguna vez lo he definido artísticamente, como un pensamiento de raíz intelectual, pero nunca pensé que me era tan propio.

Ahora sé que ellos me hablan y yo los escucho con mis ojos. Hasta puedo dialogar. Me responden más cosas de las que puedo preguntar. Todo depende de saber mirar, dónde mirar y sentir las voces interiores. Es simple, solo tienes que mirar hacia adentro.

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Imagen tomada de El Libro de los Libros de Quint Buchholz

martes, 23 de enero de 2018

MIENTRAS LA MIRO



Siempre que escribo, coloco su foto en diagonal a la  mirada que siempre mantengo en línea recta sobre el teclado. Cuando levanto la vista, tengo que girar apenas para verla. Entonces me quedo un buen rato mirándola fijamente, como impactado. A veces la coloco al lado de la libreta en donde hago los apuntes. Cada vez que escribo, necesito verla. Sentir su presencia.
Cada golpe de vista que me lleva a su retrato, es una palabra nueva, una frase, un verso inesperado. Cada vez que escribo la veo, le observo los gestos, la acaricio con la mirada, la dibujo desde mis pupilas, la escribo desde mis manos.
No escribo sobre ella. Es ella la que escribe sobre mí. No siempre los textos hacen referencia a ella. Dicen otras cosas, hablan de otras gentes, discurren en otros ámbitos. Pero es la mirada desde su imagen lo que va llevando el texto. Es la visión que tengo desde mi lado, cuando replica en su imagen, como si me incitara a escribir lo que escribo. Hasta que nuestro intercambio de miradas va perfilando los finales. Entonces todo concluye en un punto y aparte. Pero solo por ese día. Porque ese punto y aparte, en verdad es punto y seguido. Porque al otro día, empieza de nueva la ceremonia que me lleva invariablemente a escribir.  Mientras  la miro.


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© César Manuel Sarmiento
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San Telmo, 20 de noviembre de 2017.  


Imagen: obra de Ryan Hewett